"Hemos pasamos por varias etapas. Desde la instauración del Sistema de la Reserva Federal de 1913 a 1933, el Banco Central se constituyó como rector oficial del dólar. En 1933, los estadounidenses ya no podían ser propietarios de oro, eliminando así los frenos a la Reserva Federal de inflar para sostener la guerra y para financiar el sistema de seguridad social.
"Cerca de 1945, fueron eliminadas otras limitaciones mediante la creación del sistema monetario de Bretton-Woods que estableció el dólar como la moneda de reserva del mundo. Este sistema duró hasta 1971. Durante el período comprendido entre 1945 y 1971, se mantuvieron en su lugar algunas prohibiciones a la Reserva Federal. Los extranjeros, no así los estadounidenses, podría convertir dólares en oro a $35 dólares la onza. Debido al exceso de dólares que se estaba creando, ese sistema llegó a su fin en 1971.
"Fue el sistema post-Bretton Woods el responsable de la globalización de la inflación y de los mercados y también de generar una gigantesca burbuja de dólares en todo el mundo. Esta burbuja está estallando ahora, y estamos viendo lo que significa sufrir las consecuencias de los muchos errores económicos anteriores.
"Resulta irónico que en estos últimos 35 años, nos hemos beneficiado de este mismo sistema defectuoso. Debido a que el mundo ha aceptado los dólares como si fueran oro, sólo teníamos que falsificar más dólares, gastarlos en ultramar (también, indirectamente, alentando la migración de nuestros puestos de trabajo al extranjero) y así gozar de una prosperidad inmerecida. Los que recibieron nuestros dólares, y nos devolvieron bienes y servicios, estaban muy ansiosos de entregarnos de vuelta, y en calidad de préstamo, aquellos dólares. Esto nos permitió exportar nuestra inflación y retrasar las consecuencias de lo que ahora estamos empezando a ver.
"Pero esta situación nunca estuvo destinada a perdurar, y ha llegado el momento en que tenemos que pagar el precio. La enorme deuda externa se debe pagar o liquidar. Los títulos de beneficios se están venciendo justo cuando el mundo se ha vuelto más reacio a aceptar dólares. La consecuencia de esa decisión es la inflación de los precios en este país - y eso es lo que estamos presenciando hoy. La inflación de los precios al otro lado del océano es, incluso, más alta que aquí en casa, como resultado de la buena voluntad de los bancos centrales extranjeros de monetizar nuestra deuda.
"El imprimir dólares durante periodos largos de tiempo no impulsa de inmediato el alza de los precios - aunque con el tiempo siempre lo hace. Ahora estamos viendo como se pone al día la inflación pasada con la oferta monetaria. Tan costoso como se ve hoy el galón de gasolina a $ 4, esto es sólo el principio. Es una grave distracción gritar a los 4 vientos 'perforen, perforen, perforen' como solución a la crisis del dólar y a los altos precios de la gasolina. Está bien dejar que el mercado aumente el suministro y perfore, pero esa cuestión es una burda distracción de los pecados del déficit y de las argucias monetarias de la Reserva Federal.
"Esta burbuja es diferente y más grande por otro motivo. Los bancos centrales del mundo, en colusión, secretamente están planificando la centralización de la economía mundial. Estoy convencido de que han existido acuerdos entre los bancos centrales en estos últimos 15 años para 'monetizar' la deuda de los EE.UU., aunque en secreto y fuera del alcance de la supervisión de alguien - en especial del Congreso de los EE.UU., a quien no le importa, o simplemente no lo entiende de plano. A medida que este 'regalo' llega a su fin, nuestros problemas empeoran. Los bancos centrales y los diferentes gobiernos son muy poderosos, pero finalmente el mercado se sobrepone cuando la gente que se queda con la bolsa llena (de malos dólares), cae en cuenta de la trampa y entonces gasta con celo emocional esos dólares en la economía, con lo cual se enciende la fiebre inflacionista.
"En esta ocasión - ya que hay tantos dólares y tantos países involucrados - la Fed ha sido capaz de 'empapelar' todas las crisis que han llegado en los últimos 15 años, sobre todo con Alan Greenspan como Presidente de la Junta de la Reserva Federal, lo cual ha permitido que la burbuja se convierta en la mayor de la historia.
"Los errores cometidos con la profusión de créditos, a tasas artificialmente bajas, son enormes, y el mercado está exigiendo una corrección. Esto incluye una deuda excesiva, inversiones mal dirigidas, sobre-inversión, y todos los demás problemas causados por el gobierno cuando gasta un dinero que nunca debería haber tenido. Los gastos en militarismo extranjero, en seguridad social y los $80 billones en títulos de beneficios prometidos están llegando a su fin. No tenemos el dinero o la capacidad creadora de riqueza para poner al día y atender todas las necesidades que existen ahora, porque rechazamos la economía del mercado, el dinero sano, la autosuficiencia y los principios de libertad".
Representante Ron Paul
Tomado de la Revista Semana
Fecha: 07/05/2008 -1366
La excéntrica práctica de fundar países en territorios minúsculos cuenta cada día con más seguidores. El más reciente es Stuart Hill, un navegante británico que, tras comprar un islote de 10.000 metros cuadrados en las islas Shetland, al norte de Escocia, decidió declararlo territorio independiente para establecer su propio Estado. Hill, a quien se le conoce como el ‘Capitán Calamidad’, ya redactó un texto de declaración de independencia, diseñó una bandera y creó una moneda propia. Su ‘país’ se llama Forvik y es el más nuevo de la serie de microestados creados en los últimos años, como el Principado de Sealand (una plataforma marina en el Mar del Norte), la República de Waterland, el Reino de Kreuzberg, el Principado de Oceanía y el Imperio de Atlantium, entre otros. El ‘Capitán Calamidad’ tiene grandes planes para su patria, pues pretende construir un puerto y una pista de aterrizaje que le faciliten el comercio con otras naciones.
por Hans-Hermann Hoppe.
Este documento fue presentado por primera vez en la 3ª reunión anual de la Sociedad Propiedad y Libertad, que se celebró en Bodrum, Turquía, del 22 al 26 de mayo de 2008.
Permítanme empezar con la definición de estado. ¿Que debe ser capaz de hacer un agente para calificar como un estado? Este agente debe ser capaz de insistir en que todos los conflictos entre los habitantes de un determinado territorio, sean traídos ante él para la toma de decisiones en última instancia o para ser objeto de su revisión final. En particular, este agente debe ser capaz de insistir en que todos los conflictos que lo afecten a él mismo sean juzgados por él o su agente. E implícita en la facultad de excluir a todos los demás de actuar como juez en última instancia, como segunda característica definitoria de estado, está el poder de cobrar impuestos del agente para determinar unilateralmente el precio que deben pagar por sus servicios quienes buscan justicia.
Sobre la base de esta definición de estado, es fácil entender por qué pudiera existir un deseo de controlar el estado. Porque quien tiene el monopolio del arbitraje final, dentro de un territorio determinado, puede hacer leyes. Y aquel que puede legislar también puede cobrar impuestos. Sin duda, esta es una posición envidiable.
Más difícil de entender es cómo alguien puede lograr el control del estado. ¿Porqué otros tendrían que tolerar tal institución?
Quiero enfocar la respuesta a esta pregunta en forma indirecta. Suponga que usted y sus amigos resultan estar en control de esa extraordinaria institución. ¿Qué haría para mantener su posición (siempre y cuando no tuviera ningún escrúpulo moral)? Sin duda alguna usaría parte del ingreso por concepto de impuestos para contratar algunos matones. Primero: para conservar la paz entre sus súbditos a fin de mantener la productividad, de manera que se aumente la producción para poderla gravar con impuestos en el futuro. Pero más importante aún, puede ser que necesite estos matones para su propia protección en caso de que el pueblo despierte de su somnolencia dogmática y lo desafíe.
Esto no funcionará, sin embargo, en particular, si usted y sus amigos son una pequeña minoría en comparación con el número de súbditos. Porque una minoría no puede gobernar, en forma duradera, a una mayoría únicamente por la fuerza bruta. Debe gobernar con la opinión a favor. La mayoría de la población debe ser convencida de aceptar voluntariamente su gobierno. Esto no quiere decir que la mayoría deba estar de acuerdo con cada una de sus medidas. De hecho, es muy posible que crean que muchas de sus políticas están equivocadas. Sin embargo, es necesario que crean en la legitimidad de la institución del estado como tal, y por lo tanto, que incluso si una determinada política pudiera estar errada, ese error es un accidente que uno debe tolerar en compensación de mayores bienes o mejores servicios proporcionados por el estado.
Sin embargo, ¿cómo puede uno persuadir de creer en esto a la mayoría de la población? La respuesta es: sólo con la ayuda de los intelectuales.
¿Cómo lograr que los intelectuales trabajen para usted? Para esta pregunta la respuesta es fácil. El mercado de servicios intelectuales no es precisamente muy demandado ni estable. Los intelectuales estarían a merced de los valores fugaces de las masas, y las masas están poco interesadas en temas intelectuales y filosóficos. El estado, por otro lado, puede albergar los egos excesivamente inflados de los intelectuales y ofrecerles una posición cómoda, segura y permanente en su aparato de gobierno.
Sin embargo, no basta con que emplee sólo algunos intelectuales. Esencialmente debe emplearlos a todos, incluso aquellos que trabajan en círculos alejados de los temas que a usted conciernen principalmente: es decir filosofía, ciencias sociales y humanidades. Porque aún los intelectuales que trabajan en matemáticas o ciencias naturales, por ejemplo, pueden, obviamente, pensar por sí mismos y por lo tanto se convierten en potencialmente peligrosos. Por lo tanto, es importante que usted también tenga garantía de la lealtad de ellos al estado. Dicho de otra manera: usted debe convertirse en un monopolio. Y esto se logra mejor si todas las instituciones educativas, desde el jardín infantil hasta la universidad, se someten al control del estado y todo el personal dedicado a la enseñanza y la investigación están certificados por el estado.
Pero, ¿y si la gente no quiere que la eduquen? Para ello, la educación debe ser obligatoria, y con el fin de someter a las personas a una educación controlada por el estado durante el mayor tiempo posible, todos deben ser declarados igualmente educables. Los intelectuales saben que tal igualitarismo es falso, por supuesto. Sin embargo, proclaman absurdos que agradan a las masas, tales como que todo el mundo es un Einstein en potencia con sólo darle suficiente atención educativa, y de paso, abastecen una demanda casi ilimitada de servicios intelectuales.
Nada de todo esto garantiza un pensamiento estatista correcto, por supuesto. Sin duda ayuda, sin embargo, a llegar a la conclusión correcta, si uno se da cuenta de que sin el estado podría quedar sin trabajo y podría tener que ensayar la mecánica de funcionamiento de las estaciones de servicio de gasolina, en lugar de tratar problemas tan acuciantes como la alienación, la equidad, la explotación, la deconstrucción de los roles de género y sexo, o la cultura de los Esquimales, de los Hopis, o de los Zulúes.
En cualquier caso, auncuando los intelectuales se sientan menospreciados por usted, es decir, por una administración estatal particular, saben que la ayudan sólo puede venir de otra administración estatal y nunca de un asalto intelectual a la institución del estado como tal. Por tal razón, y no es de extrañar que, como cuestión de hecho, la inmensa mayoría de intelectuales contemporáneos, incluidos los más conservadores o sea los llamados intelectuales del mercado libre, son fundamental y filosóficamente estatistas.
¿Ha servido al estado la labor de los intelectuales? Yo diría que si. Si preguntáramos si la institución del estado es necesaria, no creo que sea exagerado decir que el 99 por ciento de todas las personas dirán que sí sin vacilar. Y, sin embargo, este éxito se basa en motivos más bien frágiles, y todo el edificio estatista podría ser derribado si sólo la labor de los intelectuales fuera contrarrestada por la labor de intelectuales anti-intelectuales, como me gusta llamarlos.
La abrumadora mayoría de partidarios del estado no son estatistas filosóficos, es decir, sólo por el hecho de haber pensado en el asunto. La mayoría de la gente no piensa mucho en cuestiones filosóficas. Se limitan a vivir su vida diaria, y eso es todo. Así que gran parte del apoyo tiene su origen en el solo hecho de que el estado existe y ha existido siempre, en la medida de lo uno puede recordar (que generalmente no va más allá del período de su propia vida). Es decir, el mayor logro de los intelectuales estatistas es haber cultivado la pereza intelectual (o la incapacidad) natural de las masas y nunca haber permitido que el tema fuera objeto de un debate serio. El estado es considerado como parte intocable del tejido social.
La primera y principal tarea de los intelectuales anti-intelectuales, entonces, es contrarrestar esta somnolencia dogmática de las masas, ofreciendo una definición precisa de estado, como lo he hecho al inicio, y a continuación, preguntar si no hay algo verdaderamente notable, raro, extraño, perturbador, grotesco, de hecho ridículo, en una institución como ésta. Estoy seguro de que esa simple definición producirá serias dudas con respecto a una institución cuya necesidad anteriormente se daba por sentada.
Más aún, principiando con los argumentos menos sofisticados en favor del estado (sin embargo, y no accidentalmente, los más populares) y llegando hasta los más sofisticados: en la medida en que los intelectuales han considerado necesario argumentar a favor del estado, su argumento más popular, ya conocido en edades de jardín infantil, dice mas o menos así: algunas actividades del estado no son sólo las de construir carreteras, escuelas, colegios, sino, además, las de entregar el correo y situar la policía en las calles. Imagínese que no hubiera estado. No tendríamos entonces estos servicios. Por lo tanto el estado es necesario.
A nivel universitario se presenta una versión ligeramente más sofisticada del mismo argumento. Y empieza diciendo algo así: es cierto que los mercados son inmejorables para proporcionar muchas, incluso la mayoría de las cosas, pero hay otros bienes o servicios que los mercados no pueden proporcionar en cantidad o calidad suficientes. Estos otros, llamados bienes públicos, son bienes o servicios que otorgan beneficios a personas más allá de quienes realmente los producen o pagan por ellos. Se destacan especialmente entre éstos los de educación e investigación. Educación e investigación, por ejemplo, se argumenta, son bienes sumamente valiosos. Sin embargo estarían sub-producidos a causa de los free riders, es decir, de tramposos, que se benefician, por medio del llamado efecto vecindario, de la educación y la investigación sin pagar por ellas. Por lo tanto, es necesario que el estado provea bienes (públicos) que de otra manera estarían sub-producidos o no producidos, tales como la educación y la investigación.
Estos argumentos estatistas pueden ser refutados con una combinación de tres ideas fundamentales: En primer lugar, en el argumento del jardín infantil, del hecho que el estado produzca carreteras y escuelas no se deduce que sólo el estado puede proporcionar este tipo de bienes. La gente tiene poca dificultad en reconocer que esto es una falacia. Del hecho que monos puedan montar en bicicleta no se deduce que sólo los monos puedan montar en bicicleta. Y en segundo lugar, inmediatamente después, hay que recordar que el estado es una institución que puede legislar y cobrar impuestos, y por lo tanto, que los agentes del estado tienen poco incentivo para producir de manera eficiente. Sólo que las carreteras y escuelas del estado serán entonces más costosas y de menor calidad. Porque siempre hay la tendencia a que los agentes del estado utilicen la mayor cantidad de recursos posibles al hacer lo que hacen pero además trabajando lo menos posible.
En tercer lugar, los más sofisticados argumentos estatistas involucran la misma falacia ya encontrada a nivel de jardín infantil. Pero incluso si uno estuviera dispuesto a conceder el resto del argumento, aún es una falacia concluir del hecho que los estados proporcionan bienes públicos, que sólo los estados puedan hacerlo.
Más importante aún, debe señalarse que toda la argumentación demuestra un total desconocimiento de la realidad más fundamental de la vida humana: es decir, la escasez. Cierto, los mercados no proveerán todas las cosas que uno pueda desear. Siempre habrá deseos insatisfechos, puesto que no habitamos el Jardín del Edén. Pero para lograr traer a existencia tales bienes no-producidos, deben gastarse recursos escasos, que en consecuencia ya no se podrán utilizar para producir otras cosas, igualmente deseables. Que existan bienes públicos junto a bienes privados no importa en este sentido, la escasez en si misma permanece sin cambio: más bienes públicos sólo pueden existir a expensas de menos bienes privados. Sin embargo, lo que es necesario demostrar es que un bien es más importante y valioso que otro. Esto es lo que se entiende por economizar. Sin embargo, ¿puede el estado ayudar a economizar recursos escasos? Esta es la pregunta que debe responderse. De hecho, sin embargo, existen pruebas concluyentes de que el estado no economiza y no puede economizar: porque con el fin de producir cualquier cosa, el estado tiene que recurrir al cobro de impuestos (o a legislar), lo que demuestra irrefutablemente que sus súbditos no quieren lo que el estado produce, sino que prefieren en su lugar otra cosa como más importante. En lugar de ahorrar, el estado sólo puede re-distribuir: puede producir más de lo que el estado quiere y menos de lo que la gente quiere y, se debe recordar, cualquier cosa que el estado produzca lo hará de manera ineficiente.
Por último, es necesario examinar brevemente el más sofisticado argumento en favor del estado. Después de Hobbes este argumento se ha repetido sin cesar. Dice así: En la etapa natural, antes de la creación de un estado, reina permanentemente el conflicto. Todo el mundo reclama derecho a todo, y el resultado es una guerra interminable. No hay forma de salir de este predicamento por medio de acuerdos porque, ¿quien hará cumplir tales acuerdos? Siempre que la situación apareciera ventajosa, una o ambas partes romperían el acuerdo. Por lo tanto, las personas reconocen que no hay más que una solución para el desiderátum de la paz: la creación, por acuerdo, de un estado, es decir, un tercero independiente, como juez y ejecutor de última instancia.
Sin embargo, si esta tesis es correcta, y todo acuerdo requiere un ejecutor externo que lo haga cumplir, entonces un estado por acuerdo nunca podría llegar a existir. Porque con el fin de hacer cumplir el acuerdo que debe desembocar en la creación de un estado (para hacer vinculante este acuerdo), sería necesaria la intervención de otro ejecutor externo, un estado previamente existente. Y para que este estado llegase a existir, aún antes otro estado debía haber sido postulado, y así sucesivamente, en una regresión infinita.
Por otra parte, si aceptamos que existen estados (y, por supuesto, existen), entonces este mismo hecho contradice la afirmación Hobbesiana. El propio estado ha llegado a existir sin ningún ejecutor externo. Presumiblemente, en el momento del supuesto acuerdo, no existía un estado previo. Por otra parte, una vez que un estado por acuerdo entra en existencia, el orden social resultante aún sigue siendo una auto-imposición. Para estar seguros, si A y B están de acuerdo en algo, sus acuerdos tienen fuerza vinculante por acción de un agente externo. Sin embargo, el propio estado no ha sido vinculado por ningún ejecutor externo. No existen terceros externos en lo concerniente a conflictos entre estado y súbditos así como tampoco existen para los conflictos entre los distintos agentes u organismos estatales. En lo referente a acuerdos hechos por el estado con respecto a sus ciudadanos o en los de una agencia estatal con respecto a otra, es decir, acuerdos de este tipo sólo pueden ser auto-impuestos por el estado. El estado no está obligado por nada, excepto por sus propias normas, aceptadas y aplicadas por si mismo, es decir, son limitaciones que se auto-impone. Con respecto a sí mismo, por así decirlo, el estado se encuentra todavía en un estado natural de anarquía caracterizado por regulaciones y deberes auto-impuestos, porque no hay estado superior que pueda obligarlo.
Además, si aceptamos la idea hobbesiana de que la aplicación de reglas mutuamente convenidas requiere la intervención de un tercero independiente, esto en realidad excluiría el establecimiento de un estado. De hecho, constituiría un argumento concluyente contra la institución de un estado, es decir, contra la institución de un monopolio de toma final de decisiones y arbitraje. Porque entonces también debe existir un tercero independiente para decidir cada caso de conflicto entre nosotros (ciudadanos particulares) y cualquier agente del estado, y en igual forma también debe existir un tercero independiente para todos los casos de conflicto intra-estatal (y debe haber otra tercera parte independiente para el caso de conflictos entre los diversos terceros), sin embargo, esto significa, por supuesto, que ese estado (o cualquier tercero independiente) sería no estatal, de acuerdo a la definición inicial que presentamos anteriormente, sino simplemente uno de los otros muchos terceros, en libre competencia, que funcionan como árbitros de conflicto.
Permítaseme concluir entonces: el caso intelectual contra el estado parece ser fácil y sencillo. Pero eso no quiere decir que en la práctica sea fácil. Sin duda, casi toda las personas están convencidas que el estado es una institución necesaria, por las razones que he indicado. Por lo tanto, es muy dudoso que la batalla contra el estatismo se pueda ganar tan fácil como podría parecer, al nivel intelectual y puramente teórico. Sin embargo, incluso si resultara ser imposible, al menos, divirtámonos un buen rato a costa de nuestros oponentes estatistas. Y para ello sugiero que siempre, persistentemente, se los enfrente con el siguiente desafío: supongamos un grupo de personas, conscientes de la posibilidad de conflicto entre ellas, y que alguien propone como solución a este eterno problema humano, que tal individuo sea designado como árbitro de última instancia, en cualquier caso de conflicto, incluidos aquellos conflictos en los que esa misma persona esté involucrada. Estoy seguro de que tal sujeto será considerado como un bromista o como una persona mentalmente inestable y, sin embargo esto es precisamente lo que todos los estatistas proponen.
23 de Junio de 2008
Hans-Hermann Hoppe es un distinguido colega del Ludwig von Mises Institute, fundador y presidente de la Sociedad Propiedad y Libertad.
Sus libros incluyen La Democracia: El Dios que se Apaga y El mito de la Defensa Nacional.
Visita su página web. www.hanshoppe.com
TRADUCIDO DEL INGLÉS AL ESPAÑOL POR RODRIGO DÍAZ
Copyright © 2008 por Hans-Hermann Hoppe
Declaración inaugural de la reunión en Bodrum, Turquía, mayo 2006
La Sociedad "Propiedad y Libertad" (Property and Freedom Society) se manifiesta por un radicalismo intelectual sin compromisos: en defensa de la propiedad privada justamente adquirida, la libertad de contratos, la libertad de asociación, que lógicamente implica el derecho de no asociarse con (o discriminar contra) cualquiera, en los asuntos personales, así como un libre comercio sin condiciones. Condena el imperialismo y el militarismo y a quienes los fomentan, y lucha por la paz. Rechaza el positivismo, el relativismo y el igualitarismo en cualquiera de sus formas, ya sea de resultados o de oportunidad, y tiene un manifiesto distanciamiento de los políticos y la política. Como tal, busca evitar cualquier asociación con las políticas y propuestas de los intervencionistas, que Ludwig von Mises identificó en 1946 como el error fatal, en el plan de muchos antecedentes y contemporáneos intentos de los intelectuales, alarmados por la creciente ola de socialismo y totalitarismo, que se encuentra en el movimiento ideológico antisocialista. Mises escribió: "Lo que no comprendieron estos asustados intelectuales era que todas esas medidas de interferencia gubernamental en los asuntos que ellos defienden son abortivas… No hay tercera vía. O los consumidores son soberanos, o lo es el Gobierno".
Como libertarios culturalmente conservadores, estamos convencidos de que el proceso de descivilización ha alcanzado un punto de crisis y que es nuestro deber moral e intelectual llevar a cabo un serio esfuerzo de reconstruir una sociedad libre, próspera y moral. Es nuestra profunda creencia que una aproximación desde el radicalismo políticamente intransigente es, en el largo plazo, el camino más seguro para nuestro querido objetivo de un régimen totalmente libre de trabas a la libertad individual y a la propiedad privada. En esa búsqueda de un nuevo comienzo joven y radical, nos dirigimos a esas viejas y olvidadas palabras de Friedrich A. Hayek: "Debemos tomar la construcción de una sociedad libre de nuevo como una aventura intelectual, un acto de coraje. Lo que nos falta es una utopía liberal, un programa que no parezca ni una mera defensa de las cosas como están ni una forma diluida de socialismo, sino un verdadero radicalismo liberal que no excuse las susceptibilidades de los poderosos… que no es practicado demasiado concienzudamente y que no se conforma con lo que aparece hoy como políticamente imposible. Necesitamos líderes intelectuales que estén preparados para resistir las lisonjas del poder y la influencia, y que estén dispuestos a trabajar por un ideal, por muy escasas que sean las perspectivas de su pronta realización. Han de ser hombres que estén dispuestos a aferrarse a los principios y a luchar por su plena realización, aunque fuere remota… A no ser que seamos capaces de hacer de los fundamentos filosóficos de una sociedad libre de nuevo un asunto intelectual vivo, y su puesta en práctica una tarea que rete la imaginación y el genio de nuestras mentes más despiertas, las perspectivas para la libertad serán muy oscuras. Pero si podemos recuperar esa fe en el poder de las ideas que fue la característica del mejor liberalismo, la batalla no está perdida".
http://www.propertyandfreedom.org/2.html
Por Hans Hermann Hoppe
Convencionalmente el estado se define como una agencia con dos características únicas. La primera, que es un monopolio territorial compulsivo de última instancia en la toma de decisiones (jurisdicción). Es decir, es el árbitro último en todos los casos de conflicto, incluyendo aquellos conflictos en los cuales se ve envuelto el mismo estado. La segunda, el estado es un monopolio territorial de impuestos. Es decir, es una agencia que fija unilateralmente el precio que los ciudadanos deben pagar por los servicios de justicia y orden.
Previsiblemente, si alguien puede apelar por justicia solamente ante el estado, tal justicia se pervierte a favor del estado. El monopolio, de última instancia en la toma de decisiones, en vez de resolver conflictos los provoca con el fin de decidirlos a su favor. Peor aún, mientras disminuye la calidad de la justicia, su precio irá en aumento. Motivado, como cualquiera, por interés propio, pero armado del poder de gravar con impuestos, la meta de los agentes estatales es siempre la misma: maximizar el ingreso y minimizar el esfuerzo productivo.
Estado, Guerra, e Imperialismo
En vez de concentrarme en las consecuencias internas de la institución del estado, me enfocaré más bien en sus consecuencias externas, es decir, en su política externa más bien que en su política doméstica.
Por un lado, al ser una agencia que pervierte la justicia y grava con impuestos, todo estado sufre la amenaza de la “emigración”. Especialmente sus ciudadanos más productivos podrían emigrar para escapar de los impuestos y de la perversión de la ley. Y esto a ningún estado le gusta. En vez de ver encoger su base tributaria y su rango de control, los agentes preferirían que se ampliase. Pero entonces entrarían en conflicto con otros estados. A diferencia de la competencia entre personas e instituciones “naturales”, la competencia entre estados es eliminatoria. Es decir, en un área dada, sólo puede existir un monopolio de toma última de decisiones y de impuestos. En consecuencia entre los diferentes estados se promueve la tendencia hacia la centralización política y finalmente hacia un estado único mundial.
Más aún, como monopolios de toma última de decisiones, financiados por impuestos, los estados son instituciones inherentemente agresivas. Mientras las personas e instituciones “naturales” tienen que soportar por sí mismas el costo de su comportamiento agresivo (lo que les induce a abstenerse de tal conducta), los estados pueden externalizar este costo sobre los contribuyentes.
Esta es la razón por la cual los agentes estatales se inclinan a ser provocadores y agresores y se puede esperar que el proceso de centralización proceda mediante choques violentos, es decir, guerras interestatales.
Más aún, dado que los estados tienen que comenzar siendo pequeños y asumiendo como punto de partida un mundo compuesto de una multitud de unidades territoriales independientes, podríamos decir algo más bien específico acerca de lo requerido para el éxito. La victoria o la derrota en la guerra interestatal depende de muchos factores, claro, pero si otros factores tal como el tamaño de la población permanecieran iguales, a largo plazo, el factor decisivo sería la cantidad de recursos a disposición del estado. Con impuestos y regulaciones los estados no contribuyen a la creación de riqueza económica. Más bien, al estilo de parásitos, los estados se lucran de la riqueza existente. Los gobiernos estatales pueden influenciar negativamente la riqueza existente. Pero si suponemos que otras cosas permanecen constantes, mientras más bajas sean las cargas impositivas y las regulaciones impuestas a la economía doméstica, más tenderá a crecer la población y mayor el monto de la riqueza producida domésticamente de la cual el estado puede echar mano en sus conflictos con los competidores vecinos. Es decir, los estados que gravan y regulan sus economías relativamente poco – los estados liberales – tienden a expandir sus territorios o su rango de control hegemónico a expensas de, y a derrotar a, otros estados menos liberales.
Esto explica por ejemplo, porqué Europa Occidental llegó a dominar el resto del mundo y no todo lo contrario. Más específicamente, explica porqué primero los holandeses, luego los británicos y finalmente, en el siglo 20, los Estados Unidos, llegaron a ser la potencia imperial dominante, y porqué los Estados Unidos, internamente uno de los estados más liberales, ha tenido la política externa más agresiva, mientras que la Unión Soviética, por ejemplo, con sus políticas domésticas totalmente iliberales (represivas) ha mantenido una política externa comparativamente mas pacífica y cauta. Los Estados Unidos sabían que podían derrotar militarmente a cualquier otro estado y por tanto han sido agresivos. En contraste, la Unión Soviética sabía que estaba destinada a perder una confrontación con cualquier estado de tamaño sustancial a menos que pudiera vencer en unos pocos días o semanas.
Desde la Monarquía con Guerras de Ejércitos hasta la Democracia con Guerras Totales
Históricamente, la mayoría de los estados han sido monarquías, encabezadas por monarcas o príncipes absolutos o constitucionales. Es interesante preguntar porqué es esto así, pero ahora debemos hacer a un lado la pregunta. Es suficiente decir que los estados democráticos (incluyendo las llamadas monarquías parlamentarias), encabezadas por presidentes o primeros ministros, eran escasas hasta la Revolución Francesa y sólo hasta después de la Primera Guerra Mundial llegaron a tener importancia histórica mundial.
Mientras que se deben esperar inclinaciones agresivas de todos los estados, la estructura incentiva encarada por los monarcas tradicionales por un lado y por los presidentes modernos por el otro, es suficientemente diferente para registrar diferentes clases de guerras. Mientras que los reyes se veían como propietarios privados del territorio bajo su control, los presidentes se consideran a sí mismos como custodios temporales. El propietario de un recurso se preocupa por el ingreso corriente derivado del recurso y del valor del capital representado por el mismo (como un reflejo del ingreso futuro esperado). Sus intereses son a largo plazo, con preocupación por la preservación y el acrecentamiento de los valores de capital representados en “su” país. En contraste, el custodio temporal de un recurso (visto como propiedad pública más que como propiedad privada) se preocupa primariamente por el ingreso corriente y presta poca o ninguna atención a los valores de capital.
La secuela empírica de estas estructuras con estos diferentes incentivos es que las guerras monárquicas tendieron a ser “moderadas” y “conservadoras” al compararlas con las guerras democráticas.
Las guerras monárquicas se iniciaban en disputas por herencias generadas por una complicada red de matrimonios inter-dinásticos. Se caracterizaban por tener objetivos territoriales tangibles. No eran peleas motivadas ideológicamente. El público consideraba la guerra como un negocio privado del rey, que se financiaba y ejecutaba con el dinero y las fuerzas militares propias del rey. Más aún, como eran conflictos entre familias gobernantes, los reyes se sentían compelidos a reconocer una clara distinción entre combatientes y no combatientes y dirigían sus esfuerzos de guerra exclusivamente contra los territorios de cada uno de ellos y de sus familias. El historiador Michael Howard anotaba acerca de las guerras monárquicas del siglo 18:
En el continente (europeo) el comercio, los viajes, el intercambio científico y cultural continuó casi sin estorbos durante la guerra. Las guerras eran guerras de los reyes. El papel del buen ciudadano era pagar sus impuestos y la sana economía política dictaba que debía dejársele solo para que hiciera el dinero del cual se pagarían esos impuestos. No se le exigía que participara ni en la decisión por la cual se inició la guerra, ni tomaba parte en ellas una vez que empezaban, a no ser que lo empujara el espíritu de aventura juvenil. Estos temas eran arcane regni, preocupación del soberano solamente. [La Guerra en la Historia Europea, 73]
Similarmente Ludwig von Mises observaba acerca de las guerras de ejércitos:
En las guerras de ejércitos, el ejército combate y los ciudadanos que no son miembros del ejército, continúan con sus vidas normales. Los ciudadanos pagaban los costos de la guerra, pagaban por el mantenimiento y el equipo del ejército, pero de otra manera permanecían fuera de los eventos de la guerra. Podía pasar que por acciones de guerra demolieran sus casas, devastaran sus tierras, y destruyeran sus demás propiedades; pero esto también era parte de los costos de la guerra que tenían que sufragar. También podía suceder que fueran víctimas del saqueo, o de la muerte, por parte de los guerreros, aún de aquellos de su “propio” ejército. Pero estos eventos no son inherentes como tales a la guerra; estorban más que ayudan a las operaciones de los líderes del ejército y no son tolerados si quienes tienen el mando, tienen completo control sobre sus tropas. El estado en guerra que ha formado, equipado y mantenido el ejército considera el saqueo por parte de sus soldados como una ofensa; eran empleados para combatir, no para saquear por su propia cuenta. El estado quiere mantener la cotidianidad de la vida civil, porque quiere preservar la capacidad de pagar impuestos de sus ciudadanos; los territorios conquistados son considerados como su propio dominio. El sistema de economía de mercado se debe mantener durante la guerra para atender los requerimientos de la guerra. [Nationalökonomie, 725–26]
En contraste con la guerra limitada del antiguo régimen, la era de las guerras democráticas, - que se iniciaron con la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, continuaron durante el siglo 19 con la Guerra de Independencia del Sur Americano, y que alcanzaron su cúspide durante el siglo 20 con la Primera y Segunda Guerras Mundiales – ha sido la era de la guerra total.
Al desdibujarse la distinción entre gobernados y gobernantes (“nosotros mismos nos gobernamos”), la democracia reforzó la identificación del público con el estado en particular. Más bien que disputas dinásticas por propiedades que podían resolverse mediante conquista y ocupación, las guerras democráticas se convirtieron en batallas ideológicas: choques de civilizaciones, que solamente se resolvían mediante dominación, subyugación y si fuera necesario, exterminio cultural, lingüístico y religioso. Fue cada vez más difícil para los miembros del público sustraerse ellos mismos de inmiscuirse personalmente en la guerra. La resistencia contra mayores impuestos para financiar la guerra fue considerada como traición. Porque el estado democrático, a diferencia con la monarquía, era propiedad de todos, la conscripción pasó de ser la excepción a ser la regla general. Con ejércitos masivos de conscriptos baratos y fácilmente disponibles, el pelear por metas e ideales nacionales, con el respaldo de los recursos económicos de la nación entera, cayó por la borda la distinción entre combatientes y no-combatientes. El daño colateral ya dejo de ser un efecto secundario indeliberado y se convirtió en parte integral de la guerra. “Una vez el estado cesó de ser considerado como propiedad de los príncipes dinásticos”, anota Michael Howard,
y en vez de eso se convirtió en el instrumento de fuerzas poderosas dedicadas a conceptos tan abstractos como Libertad, o Nacionalidad, o Revolución, que permitió a un número mayor de la población ver en ese estado la encarnación de un bien absoluto, por el que ningún precio a pagar es demasiado alto, ningún sacrificio es demasiado grande, y por lo tanto las ‘contiendas temperadas e indecisivas’ de la edad rococó parecen mas bien anacronismos absurdos. [ibid. 75-76]
El historiador militar y Mayor General J. F. C. Fuller hace similares observaciones:
La influencia del espíritu de nacionalidad, es decir de democracia, sobre la guerra fue profunda, le impartió calidad emocional a la guerra y en consecuencia la brutalizó, ejércitos nacionales peleaban contra naciones, ejércitos reales peleaban contra sus similares, los primeros obedecían a una turba – siempre enloquecida, los últimos a un rey generalmente cuerdo. Todo esto se desprendió de la Revolución Francesa, la cual también dio al mundo la conscripción – guerra de rebaños, y el rebaño acoplado a la financiación y al comercio, han engendrado nuevos ámbitos a la guerra. Porque una vez que la nación entera pelea, el crédito nacional entero está disponible para propósitos de la guerra. [La Guerra y la Civilización Occidental, 26-27]
Y William A. Orton resume el tema así:
Las guerras del siglo 19 se mantuvieron dentro de límites por la tradición bien reconocida en la ley internacional, que la propiedad y los negocios civiles estaban por fuera del ámbito del combate.
Los bienes civiles no estaban expuestos a secuestro o a expropiación arbitrarios, y aparte de ciertas estipulaciones territoriales y financieras como las que un estado podría imponer a otro, generalmente era permitida la continuación de la vida económica y cultural de los beligerantes casi como venía siendo.
La práctica del siglo 20 ha cambiado todo esto. Durante ambas Guerras Mundiales un número ilimitado de listas de contrabando apareadas a declaraciones unilaterales de leyes marítimas pusieron toda suerte de comercios en peligro, y convirtieron en papel usado toda clase de precedentes.
El final de la Primera Guerra fue marcado por un esfuerzo resuelto, y exitoso, para impedir la recuperación económica de los principales perdedores, y para retener ciertas propiedades civiles. La Segunda Guerra vio la extensión de esa política llegar a tal punto que la ley internacional en guerra, en efecto, dejó de existir.
Por años el Gobierno de Alemania, hasta donde sus armas podían alcanzar, había basado la política de confiscación en una teoría racial que no tenía postura en la ley civil, ni en la ley internacional, ni en la ética cristiana; y cuando la guerra empezó, esa violación de la cortesía entre naciones demostró ser contagiosa.
La dirigencia Anglo-americana, de palabra y obra, lanzó una cruzada que no admitía límites legales ni territoriales al ejercicio de la coacción. El concepto de neutralidad fue condenado tanto en la teoría como en la práctica.
No sólo los activos e intereses del enemigo, sino también los activos e intereses de cualesquiera otras partes, aún en países neutrales, estuvieron expuestos a toda clase de coacción que los países beligerantes pudieran hacer efectiva; y los activos e intereses de estados neutrales y sus civiles, alojados en territorios beligerantes o bajo control beligerante, fueron sujetos prácticamente a la misma clase de coacción a que estaban sujetos los enemigos nacionales. Así que la “guerra total” vino a ser el tipo de guerra de la que no había esperanza de escapar para ningún tipo de comunidad; y los países amantes de la paz debían sacar la conclusión obvia. [La Tradición Liberal: un Estudio de las Condiciones Sociales y Espirituales de la Libertad, 251–52]
Excursus: La Doctrina Democrática de la Paz
He explicado cómo la institución de un estado conduce a la guerra, porqué, aunque aparentemente paradójico, estados internamente liberales tienden a ser potencias imperialistas, y cómo el espíritu de la democracia ha contribuido a la de-civilización en la conducción de la guerra.
Más específicamente, he explicado el ascenso de los Estados Unidos al rango del más alto poder imperial, y, como consecuencia de su sucesiva transformación, desde sus más tempranos principios como una república aristocrática, a una irrestricta democracia masiva que empezó con la Guerra Sureña de Independencia, el papel de los Estados Unidos es, cada vez más, el de un agitador arrogante, autosuficiente y fanático.
Los que parecen ser los mayores obstáculos en el camino a la paz y a la civilización, son entonces, el estado y la democracia, y específicamente el modelo mundial de democracia: los Estados Unidos de América. Irónicamente, si no es sorprendente, son precisamente los Estados Unidos los que reclaman que la democracia es la solución en la búsqueda de la paz.
La razón de esta manifestación es la doctrina de la paz democrática, que viene de tiempos antiguos, desde los días de Woodrow Wilson y la Primera Guerra Mundial y que ha sido revivida por George W. Bush y sus consejeros neo-conservadores, y que ahora se ha convertido en folklore intelectual aún para los círculos liberal-libertarios. La teoría sostiene:
· Las democracias no van a la guerra entre ellas.
· Por tanto, para lograr una paz duradera, el mundo entero debe convertirse a la democracia.
Y como corolario, en gran parte no declarado:
· Hoy, muchos estados que no son democráticos y se resisten a una reforma (democrática) interna.
· Por tanto debemos emprender la guerra contra esos estados para convertirlos a la democracia y lograr una paz duradera.
No tengo paciencia para hacer una crítica formal de esta teoría. Haré meramente una crítica breve a la premisa inicial y a su conclusión final.
Primero: ¿No van las democracias a la guerra entre si? Ya que casi no existían democracias antes del siglo 20 se supone que la respuesta debe encontrarse en los últimos cien años o algo así. De hecho el mayor volumen de evidencia ofrecida a favor de la tesis es la observación de que los países de Europa Occidental no han emprendido la guerra entre ellos con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial.
Igualmente, en la región del Pacífico, Japón y Corea del Sur no ha estallado la guerra entre ellos durante el mismo período. ¿Es esta evidencia prueba del caso? Los teóricos de la paz democrática así lo creen. Como científicos están interesados en pruebas estadísticas, y tal como ellos lo ven hay abundantes “casos” sobre los cuales construir la prueba: Alemania no ha ido a la guerra contra Francia, Italia, Inglaterra, etc.; Francia no ha ido a la guerra contra España, Italia, Bélgica, etc. Más aún, y estas son sólo permutaciones: Alemania no atacó a Francia, ni Francia atacó a Alemania. Así que aparentemente tenemos docenas de confirmaciones – y esto durante casi 60 años – y ni un solo contra-ejemplo. ¿Pero es cierto que tenemos tantos casos de confirmación?
La respuesta es no: tenemos más de un caso singular a la mano. Con la finalización de la Segunda Guerra Mundial, esencialmente toda (la que hoy es democrática) Europa Occidental, (y en la región del Pacífico las democracias de Japón y Corea del Sur) han venido a ser parte del Imperio de los Estados Unidos, tal como lo indica la presencia de tropas en prácticamente todos estos países. Lo que prueba el período posterior a la Segunda Guerra Mundial no es que las democracias no vayan a la guerra entre ellas sino que la potencia imperial y hegemónica que son los Estados Unidos no deja que sus colonias vayan a la guerra entre ellas (y claro, la hegemonía no ve necesario ir a la guerra contra sus satélites - porque han obedecido – y no ven la necesidad de, o no se atreven a, desobedecer al amo).
Es más, si el asunto se percibe así – basados en un entendimiento de la historia mas que en la ingenua creencia de que porque una entidad tiene un nombre diferente de otra, el comportamiento de una y otra debe ser independiente – se ve claro que la evidencia presentada nada tiene que ver con democracia y si mucho con hegemonía. Por ejemplo, no ha estallado la guerra después de la Segunda Guerra Mundial y hasta el final de los años 1980, es decir, durante el reinado hegemónico de Rusia, entre Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Lituania, Estonia, Hungría, etc.
¿Que son dictaduras comunistas y las dictaduras comunistas no van a la guerra entre si? ¡Esta tendría que ser la conclusión de científicos del calibre de los teóricos de la paz democrática! Pero con seguridad la conclusión está errada. No estalló guerra alguna porque la Unión Soviética no permitió que así sucediera; en igual forma no hubo guerra entre las democracias occidentales porque los Estados Unidos no permitieron que esto sucediera en sus dominios. Para más claridad, la Unión Soviética intervino Hungría y Checoslovaquia, pero también los Estados Unidos intervinieron varias ocasiones en América Central, como Guatemala, por ejemplo. (Incidentalmente: ¿que tal las guerras entre Israel, Palestina y Líbano? ¿No son todas ellas democracias? ¿O por definición se excluyen los países árabes como no-democráticos?
Segundo: La democracia no es solución de cosa alguna, mucho menos de la paz. Ahí el caso de los teóricos de la paz democrática parece ser aún peor. Sin duda la falta de entendimiento histórico que demuestran es aterradora. Estas son sólo algunas de sus fallas fundamentales:
Primero, la teoría implica la (cual sólo podemos calificar como escandalosa) fusión conceptual de los términos democracia y libertad, especialmente viniendo de personajes autoproclamados libertarios. La base fundamental de la libertad es la propiedad privada y la propiedad privada (exclusiva) es lógicamente incompatible con la democracia – el gobierno de la mayoría. Democracia no tiene nada que ver con libertad. Democracia es una variante suave del comunismo, y sólo en raras ocasiones se le ha tomado por otra cosa en la historia de las ideas. Incidentalmente, antes de la irrupción de la era de la democracia, es decir, a principios del siglo 20, los gastos del gobierno (del estado) financiados con impuestos (combinando toda clase de gobiernos) en los países de Europa Occidental constituían entre el 7 y 15% del producto nacional y en los jóvenes Estados Unidos eran aún más bajos. A menos de cien años del pleno gobierno de las mayorías este porcentaje ha aumentado al 50% en Europa y al 40% en los Estados Unidos.
Segundo, la teoría de la paz democrática distingue esencialmente sólo entre democracia y no-democracia, esta última llamada dictadura para abreviar. En esta forma no solamente desaparecen de vista los regimenes aristocrático-republicanos, sino también todas las monarquías tradicionales, que son muy importantes para nuestros propósitos. Se les equipara con dictaduras tipo Lenin, Mussolini, Hitler, Stalin y Mao. Es indudable que las monarquías tradicionales tienen poco en común con las dictaduras, mientras que la democracia y las dictaduras están íntimamente relacionadas.
Las monarquías son una rama semi-orgánica de un orden social natural jerárquicamente estructurado (no estatal). Los reyes son las cabezas de familias extendidas, clanes, tribus, y naciones. Ejercen una gran autoridad, reconocida voluntariamente, heredada y acumulada durante muchas generaciones. Es dentro de la estructura de tal orden natural (y de las repúblicas aristocráticas) que se desarrolló y floreció el liberalismo. Por contraste, las democracias desde este punto de vista son igualitarias y redistribucionistas en perspectiva; como consecuencia, el antes mencionado crecimiento del poder estatal en el siglo 20. Característicamente, la transición de la era monárquica a la democrática, la cual principió en la segunda mitad del siglo 19, ha visto el continuo decaimiento en la fuerza de los partidos liberales y el correspondiente reforzamiento de partidos socialistas de todo calibre.
Tercero, de ahí que debe ser considerada como grotesca la visión, de los teóricos de la paz democrática, de conflagraciones como la Primera Guerra Mundial, por lo menos desde la panorámica de alguien que alega valorar la libertad. Para ellos esta guerra fue esencialmente una guerra entre democracia y dictadura, una guerra en última instancia justificada porque al aumentar progresivamente el número de democracias, en igual forma se expandía la paz.
En realidad las cosas fueron muy diferentes. Con certeza, ni Alemania antes de la guerra, ni Austria, se pueden calificar de ser tan democráticas como Inglaterra, Francia o Estados Unidos en ese mismo período. Pero Alemania y Austria definitivamente no eran dictaduras. Ellas eran monarquías (cada vez más debilitadas) y como tales teóricamente tan liberales, sino más, que sus contrapartes. Por ejemplo, en los Estados Unidos los pacifistas fueron encarcelados, la lengua alemana esencialmente proscrita, los ciudadanos de origen alemán fueron amenazados abiertamente y con frecuencia obligados a cambiar sus nombres. Y sin embargo, nada comparable ocurrió en esa época en Austria y Alemania.
De todas maneras el resultado de la cruzada para lograr un mundo mas apropiado para la democracia fue menos liberal del que existía anteriormente (y el Tratado de Paz de Versalles precipitó la Segunda Guerra Mundial). No sólo el poder del estado creció más después de la guerra que antes, el tratamiento a las minorías se deterioró en el democratizado período posterior a la Primera Guerra Mundial. En la recién fundada Checoslovaquia los ciudadanos de origen alemán fueron maltratados sistemáticamente por la mayoría checa, (hasta que fueron finalmente expulsados por millones y asesinados por decenas de miles después de la Segunda Guerra Mundial). Nada de esto, ni siquiera remotamente parecido, sucedió a los checos durante el previo reinado de los Ausburgos. Antes de la guerra, la situación de las relaciones entre alemanes y eslavos sureños en Austria fue similar en ese aspecto a la situación en Yugoslavia después de la guerra.
No fue coincidencia. En Austria, bajo la monarquía, las minorías habían sido relativamente tan bien tratadas, tanto como bajo los Otomanos. Sin embargo después del multicultural Imperio Otomano, que se desintegró durante el siglo 19 y fue reemplazado por naciones-estados semi-democráticos tales como Grecia, Bulgaria, etc., los musulmanes otomanos fueron expulsados y exterminados; en forma similar, después del triunfo de la democracia en los Estados Unidos, con la conquista militar de la Confederación Sureña, el gobierno de la Unión procedió a exterminar a los Indios de las praderas. Como Mises lo ha reconocido, la democracia no funciona en sociedades multi-étnicas. No sólo no propicia la paz sino que promueve conflictos y tendencias potencialmente genocidas.
Cuarto, e íntimamente relacionado con el tema que tratamos, los teóricos de la paz democrática manifiestan que la democracia representa un “equilibrio” estable. Así ha sido expresado con la mayor claridad por Francis Fukuyama quien ha llamado el nuevo orden democrático mundial como el “fin de la historia”. Sin embargo existe evidencia abrumadora de que esta expresión es rotundamente errónea.
En terrenos teóricos: ¿como puede la democracia estar en equilibrio estable si es posible que ella misma se transforme democráticamente en una dictadura, es decir, en un sistema que es considerado como no estable? Respuesta: No tiene sentido.
Más aún, empíricamente las democracias son cualquier cosa menos estables. Como antes lo hemos indicado, en las sociedades multiculturales la democracia regularmente conduce a discriminación, opresión, y aún a expulsión y a exterminio de minorías – difícilmente es un equilibrio pacífico. Y en sociedades étnicamente homogéneas, la democracia conduce regularmente a la guerra de clases, la cual las lleva a crisis económicas, que conducen a la dictadura. Piénsese por ejemplo en la Rusia post-zarista, en Italia, Alemania Weimar, España, Portugal, después de la Primera Guerra Mundial y en tiempos más recientes Grecia, Turquía, Guatemala, Argentina, Chile y Pakistán. Y hoy Venezuela.
Esta relación estrecha entre democracia y dictadura no sólo es problemática para los teóricos de la paz democrática, peor aún, tienen que enfrentar la realidad de las dictaduras que surgen de las crisis democráticas, las cuales son cada vez peores, desde el punto de vista liberal clásico o libertario, de lo que hubieran sido de otra manera. Se pueden citar casos en los cuales las dictaduras eran preferibles y aún más, un mejoramiento sustancial. Piénsese en la Italia de Mussolini o en la España de Franco. Adicionalmente, ¿como puede uno aceptar la visión ingenua de abogar por la democracia ante el hecho de que los dictadores, bien diferente a lo que ocurre con los reyes quienes deben su rango a un accidente de nacimiento, sean con frecuencia favoritos de las masas y en este sentido altamente democráticos? Piense no más en Lenin o en Stalin, quienes realmente fueron bastante más democráticos que el Zar Nicolás II, o piense en Hitler quien definitivamente era más democrático y “hombre del pueblo” que el Káiser Guillermo II y que el Káiser Francisco José.
De acuerdo a los teóricos de la paz democrática se supone que debemos combatir contra las dictaduras extranjeras, bien sean reyes o demagogos, para poder instalar democracias que a su vez se conviertan en dictaduras (modernas), hasta que finalmente, supone uno, los Estados Unidos se hayan transformado en una dictadura, debido al crecimiento del poder estatal interno resultante de las innumerables “emergencias” engendradas por guerras foráneas.
Mejor, diría yo, pongamos atención al consejo de Erik von Kuehnelt-Leddihn y en vez de buscar proteger a la democracia, debemos apuntar a protegernos de la democracia, en todas partes, pero sobretodo en los Estados Unidos.
TRADUCCIÓN DE RODRIGO DÍAZ
Por Darryl Robert Schoon.
May 12, 2008
Los mercados financieros mundiales se encuentran en “cuidados intensivos” tras la contracción del crédito de agosto de 2007. Se cree que los banqueros centrales están tratando de restablecer los mercados para ayudar a la economía. En verdad, son como las compañías de seguros luchando por mantener con vida a un cliente rico para que continúe pagando las primas y aplazando así el fuerte desembolso por su muerte.
Han pasado sólo nueve meses desde que los mercados de crédito se congelaron inesperadamente en agosto de 2007. Los banqueros centrales que se vieron sorprendidos por la contracción de crédito del verano de 2007 ahora esperan que el peligro haya pasado. Pero están a punto de ser sorprendidos de nuevo.
Hemos sido testigos del destape de niveles históricos de deuda causada por el banco central al emisitir dinero basado en deuda. No es inesperado que esta emisión, llevada a cabo durante más de trescientos años, haya dado lugar a una deuda de billones de dólares que aumenta exponencialmente. Tampoco es inesperado que algún día esta deuda pudiese llegar a ser imposible de pagar.
Este hecho ocurrió en agosto de 2007. De un momento a otro, compradores de deuda, necesitados de ingresos garantizados corriente abajo se dieron cuenta que $ 1,5 billones en documentos valorados como AAA y respaldados en hipotecas de crédito dudoso no serían reembolsados como se esperaba. Las consecuencias de este hecho están en marcha actualmente.
Cuando esto ocurrió, los mercados de crédito se congelaron. El día del Juicio temido por los kreditmeisters (amos del crédito) había llegado. Desde entonces, los banqueros centrales han estado dedicados, con furia, a proporcionar liquidez a los bancos y a los intermediarios de crédito, con la esperanza de restablecer la confianza en los mercados, pero más liquidez no restablecerá la confianza en la deuda más de lo que más dinero satisfaría el alma.
Una vez que los compradores de deuda se dieron cuenta de que ya no podían confiar en la deuda denominada AAA, el riesgo sistémico para el capitalismo se disparó. La fundación del capitalismo, el sistema creado por los banqueros de papel moneda basado en deuda, significa confianza y cuando jugamos a la confianza, no hay nada más absolutamente importante que la misma confianza.
Todos los aspectos del comercio se vieron afectados cuando la banca moderna sustituyó el oro y la plata por un sistema de papel moneda impulsado por crédito basado en deuda. El papel moneda sin valor intrínseco, su método de apalancamiento y el capitalismo, son totalmente dependientes de la fe y la confianza, y esa confianza fue sacudida en agosto de 2007. Que el daño, sea o no, irreparable, queda por verse.
Si bien el crédito impulsado por papel moneda produce crecimiento, lo hace a costa de la estabilidad. La economía mundial de hoy, de varios billones (trillones en América) de dólares se basa en la “amalgama de los banqueros”, una amarga colección de crédito, deuda y codicia especulativa, una explosiva combinación que es cada vez más inestable, y que crece y ha venido creciendo durante más de trescientos años.
El momento del capitalismo de Minsky.
El del difunto economista, Hyman Minksy, es un nombre que se escucha cada vez más en estos tiempos cada vez más problemáticos. La hipótesis de Minsky's fue bastante directa y clara: que así mismo como los mercados de capital maduran, se vuelven más inestables, y con el tiempo las inversiones se tornan cada vez más especulativas, que conducen a una creciente inestabilidad la cual culmina en correcciones del mercado cuya severidad es función de los excesos anteriores.
Dos excelentes referencias de Minsky son:
Thomas Tan, Introducción a la Teoría de Minsky, ver http://news.goldseek.com/GoldSeek/1210140240.php y Doug Noland, Nueva visita al capitalismo del arbitraje financiero, en http://www.prudentbear.com/index.php/archive_menu?art_id=5061 Ambos artículos arrojan luz sobre las explicaciones de Minsky acerca del porqué los mercados se están desmoronando y continuarán haciéndolo.
El tiempo es un ingrediente clave en las observaciones de Minsky sobre la inestabilidad de los mercados de capital. Los mercados de capital llegaron a su existencia en 1694 cuando se estableció como banco central el Banco de Inglaterra. Los siguientes trescientos y tantos años han dado tiempo más que suficiente a los mercados de capital para madurar - y colapsar. El momento de Minsky, la maligna maduración de los mercados, está ahora al alcance de la mano.
La deuda - maldito sea el nudo que nos ata.
El mundo está ahora más encadenado que nunca por los eslabones de la deuda que cruzan las fronteras nacionales. La globalización no es sino el nombre de la propagación del sistema bancario central de Inglaterra que ha dado a los banqueros control sobre el aumento de la productividad mundial, mientras virtualmente endeudan a toda la humanidad.
Los mercados de capital basados en crédito y deuda necesitan ampliarse continuamente para atender los niveles crecientes de deuda previamente creados. Cuando Inglaterra estuvo bajo un sistema basado en crédito, su creciente deuda podría ser absorbida, siempre y cuando se expandiera el Imperio, pero cuando se frenó la expansión en Inglaterra, también se frenó su economía.
El dilema de necesitar una continua expansión económica se vive ahora a escala mundial. Hoy por hoy, el mundo entero tiene establecido un sistema de banca central como el de Inglaterra, basado en deuda, y por consiguiente, a menos que la economía mundial siga creciendo, la igualmente creciente estructura de la deuda global se derrumbará.
Cuando los mercados globales de crédito hicieron implosión en agosto de 2007, comenzó la contracción de la economía mundial. Desde entonces, a pesar de los esfuerzos de los bancos centrales, el crecimiento mundial ha seguido siendo lento, y, una vez que la contracción actual haya terminado de recorrer su curso, el mundo será un lugar muy diferente de lo que es hoy en día.
Han pasado sólo nueve meses desde que se congelaron los mercados de crédito y la incertidumbre sustituyó la arrogancia de los, hasta ese momento optimistas, banqueros del mundo. Hace sólo un año, el FMI hacía la predicción de que tendríamos otro año de fuerte crecimiento, ahora lo ven de otra manera.
Cuando todo el mundo está ciego, los ciegos creen que pueden ver.
Hoy en día, los banqueros no entienden el problema que afrontan porque lo que está ocurriendo nunca había ocurrido antes - al menos a ellos. La Gran Depresión fue la última vez que ocurrió que una crisis financiera a esta escala, pero las lecciones de la Gran Depresión fueron para otra generación y la experiencia la deben aprender aquellos que nunca la vivieron.
Por desgracia, todos vamos a aprender la lección, ya que tenemos que pagar por lo que colectivamente olvidamos y conscientemente negamos. Todos, inclusive los últimos en llegar al mercado de capitales del Asia, somos vulnerables al hundimiento del barco de crédito y deuda construido por los banqueros occidentales durante los últimos trescientos años.
Que tanto flotó.
Que tan rápido se hundió.
En mayo de 2008 nos encontramos en la cúspide de la crisis. Aquellos que todavía se niegan a aceptarlo tienen la esperanza de que estemos más cerca del final que del principio, pero, si estamos cerca, significa que el descenso será rápido y brutal, en lugar de prolongado y dolorosamente lento. De cualquier manera, el final será el mismo.
La cadena de la deuda construida por los banqueros ya nos ha conectado a todos, a solventes e insolventes por igual. La solvencia personal servirá de escasa protección cuando países, familiares, vecinos, bancos, empleadores y empleados queden insolventes. El oro y la plata serán unos de los pocos salvavidas y la fe tendrá un valor inestimable.
Nota: voy a hablar en la IV Sesión de la Universidad Viva del Patrón Oro (GSUL por su nombre en Inglés) del Profesor E. Antal Fekete entre Julio 3 y 6 de 2008, en Szombathely, Hungría. Si usted está interesado en cuestiones monetarias y en el oro, no debe desaprovechar la oportunidad de escuchar al profesor Fekete. Una lectura de los temas del profesor Fekete puede convencerlo de asistir. El Profesor Fekete es, en mi opinión, un gigante en tiempo de enanos. (Ver http://www.professorfekete.com/gsul.asp ).
Darryl Robert Schoon.
www.survivethecrisis.com
www.drschoon.com