Mises Daily

La cuestión de las nacionalidades

[Este artículo está publicado en The Irrepressible Rothbard.]

Tras el colapso del comunismo totalitario centralizador en Europa Oriental e incluso de la Unión Soviética, las cuestiones y conflictos étnicos y nacionalistas largo tiempo reprimidos han pasado rápidamente al frente. El desplome del control central ha revelado las ocultas pero aún vibrantes «estructuras profundas» de la etnicidad y la nacionalidad.

Para quienes alabamos la diversidad étnica y anhelamos justicia nacional, toda esta maravillosa evolución de lo que antes solo existía en la fantasía o el deseo: es una posibilidad por fin en Europa de empezar a invertir las monstruosas injusticias gemelas de Sarajevo y Versalles. Es como volver a 1914 o 1919, con una posibilidad de que pueda corregirse y redibujarse el mapa de Europa y el Oriente Próximo.

Por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial o probablemente desde Versalles, el mundo está en una «situación revolucionaria». Hay muchos problemas y costes en dicha situación revolucionaria, costes que son conocidos y no tienen que repetirse aquí, pero también hay muchos beneficios: actualmente, no solo el colapso del socialismo-comunismo, sino la sensación de que todo es posible y de que la justicia puede llegar por fin a un área del mundo que lleva mucho tiempo sufriendo.

Sin embargo la mayoría de los estadounidenses están confusos y preocupados más que encantados ante la reaparición de las cuestiones de las nacionalidades. Podemos dividir las reacciones preocupadas u hostiles en cuatro grupos:

  1. El estadounidense medio.
  2. Marxistas-leninistas.
  3. Demócratas globales, que incluyen a la rama progresista y neoconservadora de establishment estadounidense gobernante.
  4. Libertarios modales.

Hostiles: El estadounidense medio

Primero, el estadounidense medio no comprende el verdadero problema. ¿Por qué no pueden todos estos grupos vivir y dejar vivir y unirse pacíficamente como hace Estados Unidos es su «crisol» de diversos grupos de inmigrantes? En primer lugar, esta visión de Estados Unidos propia de Pollyanna olvida la cuestión negra, que ha sido poco resuelta por ningún crisol y está más embrollada ahora en un conflicto profundo que en ningún momento desde finales del siglo XIX.

Pero incluso dejando eso aparte, no existió ningún «crisol» pacífico en el siglo XIX. Desde la década de 1830 hasta después de la Primera Guerra Mundial, los protestantes ortodoxos «yanquis» del norte (con la excepción de los anticuados calvinistas y luteranos de la alta iglesia) fueron atrapados por un pietismo posmilenarista agresivo y militante cuyo objetivo era utilizar al Estado para acabar con el «pecado» (especialmente el alcohol y la Iglesia Católica) y que hizo miserables la vidas de los inmigrantes católicos y luteranos alemanes y los puso bajo un constante ataque durante casi un siglo. Finalmente los pietistas consiguieron imponer restricciones inmigratorias y cuotas por origen nacional después de la Primera Guerra Mundial.

Pero incluso dejando todo eso aparte, los Estados Unidos de América fueron un desarrollo único en el mundo moderno: un territorio prácticamente «vacío» (con la notable excepción de los indios americanos), poblado por un gran número de grupos de inmigrantes religiosa, étnica y nacionalmente principalmente europeos, dentro del marco de una república principalmente libre y constitucional bajo la rúbrica del inglés como idioma público común.

Otras naciones en Europa y Asia se desarrollaron de forma muy diferente, a menudo con nacionalidades nativas conquistadas y dominadas por naciones «imperiales». En lugar de un idioma público, las nacionalidades opresoras trataban invariablemente de eliminar los idiomas e incluso los nombres de las nacionalidades conquistadas. Uno de los gritos más conmovedores durante la implosión del comunismo del pasado año vino de la eliminada minoría turca en Bulgaria y los conquistados «moldavos» (es decir, rumanos) en la Moldavia Soviética, arrebatada a Rumanía tras la Segunda Guerra Mundial: «¡devuélvanos nuestros nombres!»

Los moldavos querían librarse de los odiados nombres rusos impuestos por el Estado soviético, así como del aún más odiado alfabeto cirílico que les impusieron en lugar de su alfabeto latino. Y esta erradicación nacional no es solo un producto de comunismo. Es una práctica antigua: la Francia «imperial» sigue prohibiendo a los celtas de Bretaña a dar a sus hijos nombres celtas y los turcos, que siguen sin admitir su masacre genocida de la minoría armenia durante la Primera Guerra Mundial, también rechazan reconocer la misma existencia de su minoría kurda, refiriéndose a ellos desdeñosamente como «turcos de las montañas».

Hostiles: Los marxistas-leninistas

Los marxistas-leninistas son una especie en extinción, pero es fascinante considerar su papel hora desvaneciente sobre este asunto. Su reputación como «antiimperialistas» no tiene nada que ver con el marxismo clásico. De hecho, Marx y Engels, coherentes con su aproximación pro-modernización, estaban agresivamente a favor del imperialismo occidental (especialmente el de los prusianos contra los odiados eslavos). Esta postura se adaptaba a su opinión de que cuanto más rápidamente avanzara el capitalismo y la «modernización», antes se produciría la «inevitable etapa final» de la historia, la revolución comunista proletaria.

Sin embargo Lenin, pragmáticamente, desechó el marxismo para alinearse con el Tercer Mundo y otro campesinado, al que veía sagazmente como mucho más maduro para la revolución que las naciones capitalistas avanzadas. Sin embargo, en la práctica, el leninismo, aunque aprobaba de boquilla el derecho de autodeterminación nacional (recogido sobre el papel en la Constitución Soviética, pero siempre ignorado en la práctica), era un credo universalista centralizador que trascendía a las nacionalidades. Más importante, los cuadros leninistas reales en todos los países  eran intelectuales desarraigados (a menudo colonos educados por profesores marxistas-leninistas en los centros imperiales de Londres, París y Lisboa) que generalmente ignoraban y desdeñaban o eran hostiles a etnias, religiones y culturas. El ateísmo oficial obligatorio de los marxistas-leninistas era solo el ejemplo más evidente de esta hostilidad.

Este arrasamiento sin miramientos de las culturas nacionales en nombre de la ideología universalista leninista resulta más claramente evidente en los regímenes de África. Los gobiernos marxistas centralizadores del África son descendientes de los regímenes del imperialismo occidental establecido a finales del siglo XIX.

Gran Bretaña, Francia y Portugal entraron en África y conformaron provincias haciendo caso omiso y sin preocuparse de las realidades de las varias y muy diversas tribus que constituían la política africana. Muchas tribus, la mayoría de las cuales odiaban a muerte a otras y no tenían nada (ni cultura, ni idioma, ni costumbres, ni tradición) en común, fueron incorporadas coactivamente a «colonias» con fronteras arbitrarias impuestas por las potencias imperiales occidentales. Además de esta matrimonio forzoso, muchas de las fronteras artificiales dividían regiones tribales en dos o más partes, de forma que las gentes de las tribus que migraban con las estaciones a regiones ocupadas desde hacía mucho tiempo, se encontraban detenidas en la frontera y acusadas de ser «inmigrantes ilegales» o «agresores».

La tragedia del África moderna es que las potencias imperiales simplemente no se fueron y permitieron que la formación tribal natural recuperara su ocupación original del continente. Por el contrario, los regímenes centralizadores coactivos de estas llamadas «naciones» se entregaron a los intelectuales marxistas desarraigados educados en las capitales imperiales, que pronto se convirtieron en una clase burocrática parasitaria que gravaba y oprimía al campesinado pacífico que constituye la mayoría de los productores reales en África.

Hostiles: Los demócratas globales

La reacción negativa más importante a la erupción reciente de la cuestión de las nacionalidades es la de nuestro establishment de la «democracia global». La suya es la más importante porque constituye la fuerza dominante de formación de opinión en la vida estadounidense. Esencialmente, la suya en una versión sofisticada de la reacción del estadounidense medio. Las preocupaciones y demandas de las nacionalidades se rechazan por estrechas de miras, egoístas, provincianas e incluso peligrosamente hostiles por sí mismas y agresivas hacia otras nacionalidades. Sobre todo, interfieren con el valor más santificado en el canon democrático global: «el proceso democrático», que significa en sí mismo «gobierno de la mayoría», aunque a veces limitado por las restricciones de los derechos «humanos» o «de la minoría». Por tanto, la maldición definitiva lanzada contra las nacionalidades y sus demandas es que son por fuerza «antidemocráticas» y por tanto no apropiadas para el mundo moderno.

Así que hay una razón más profunda que la realpolitik para la aparentemente extraña frialdad de la administración Bush hacia el heroico movimiento nacional e independencia de los lituanos y otras naciones bálticas. No es solo que se suponga que Estados Unidos los sacrifica en el altar de «salvar a Gorby». Pues hubo una alegría sincera en la liberación de naciones oficialmente acreditadas como Polonia, Hungría y Checoslovaquia de los yugos soviético y comunista. Pero las naciones bálticas son distintas después de todo: son «parte» de la Unión Soviética y por tanto su secesión unilateral, contra la voluntad de la mayoría de la URSS, se convierte en una afrenta a la «democracia», el «gobierno de la mayoría» y, finalmente, el estado-nación unitario y centralizador que supuestamente encarna el ideal democrático.

El hecho de que Estados Unidos no hubiera reconocido nunca la incorporación forzosa de las naciones bálticas a la URSS en 1940 se muestra ahora como una farsa de la Guerra Fría para conseguir los votos de los naturales de Europa Oriental que vivían en Estados Unidos. Pues cuando las cosas se ponen mal, ¿cómo puede permitirse a pequeñas partes de  una gran nación secesionarse en oposición a la «voluntad democrática» de la nación mayor? No solo la frialdad de Bush y el establishment hacia el Báltico, sino también su palpable alivio cuando Gorby envió tropas a Azerbaiyán, supuestamente para impedir que azeríes y armenios se mataran entre ellos, demuestra que hay mucho más en juego que ayudar a Gorby contra los estalinistas.

A los demócratas globales de EEUU les preocupaba que Gorby no pudiera llevar a cabo la supuesta responsabilidad fundamental de una gran nación moderna: usar la violencia para resolver disputas entre sus diversas regiones y nacionalidades. Eso equivale, de hecho, a mantener la fuerza unitaria del poder «imperial» central contra las nacionalidades de su periferia.

El argumento decisivo de los demócratas globales en todo esto puede resumirse como «después de todo, ¿no lo hizo Lincoln?» La figura más santificada de la historiografía estadounidense es, no por casualidad, el Gran Santo de la centralización de la «democracia» y del estado-nación fuerte unitario: Abraham Lincoln. Es fascinante y no es casualidad, y revela la importancia vital de la historia y el mito histórico incluso en una nación tan amnésica como Estados Unidos, que una razón importante por la que los neocones y sus marionetas han tratado de colocar a paleocones como Mel Bradford y Tom Fleming fuera del movimiento conservador es que son muy críticos con el «honrado Abe».

¿E igualmente no usó Lincoln la fuerza y la violencia, y a escala masiva, a favor de la mística de la sagrada «Unión» para impedir que el sur se independizara? Por supuesto que lo hizo y sobre la base del asesinato masivo y la opresión Lincoln aplastó al sur y prohibió la misma idea de la secesión (basada en la base muy razonable de que como los estados entraron voluntariamente en la Unión se les debería permitir salir de ella).

Pero no solo eso: Lincoln creó el monstruoso estado-nación unitario en el que nunca se recobraron las libertades individuales y locales: por ejemplo, el triunfo de un todopoderoso poder judicial federal, el Tribunal Supremo, y el ejército nacional; la eliminación del antiguo derecho anglosajón y libertario del habeas corpus al encarcelar a disidentes contra la guerra sin juicio; el establecimiento de la ley marcial; la supresión de la libertad de prensa y el establecimiento en gran parte permanente del servicio militar, el impuesto de la renta, los impuestos pietistas al «pecado» contra el alcohol y el tabaco; la «sociedad entre gobierno e industria» corrupta,  cartelizadora y creadora de subvenciones masivas a los ferrocarriles transcontinentales y el arancel proteccionista; el establecimiento de una inflación de moneda fiduciaria a través de los greenbacks y el abandono del patrón oro y la nacionalización del sistema bancario a través de las leyes bancarias nacionales de 1863 y 1864.

Es particularmente fascinante que muchos defensores conservadores de Lituania y las demás naciones bálticas traten de conservar el mito de Lincoln y la hostilidad general de EEUU a la secesión. Argumentan que como los Estados bálticos fueron incorporados por la fuerza por Stalin en 1940, al menos debería permitírseles independizarse sin el castigo de una represión al estilo de la de Lincoln.

Dejemos aparte el hecho de que la mayoría de las demás incorporaciones de naciones en la Unión Soviética fue igual de forzada aunque más antigua: por ejemplo, Ucrania, Armenia o Georgia en los primeros días de la revolución bolchevique. Vayamos por el contrario al centro de la teoría política democrática que forma parte de la persistente hostilidad a la secesión. Para la teoría democrática, incluyendo la teoría de la mayoría de los libertarios «minarquistas» del laissez faire, sostiene que el Estado, ya sea ampliamente socialdemócrata o limitado a policía, defensa y justicia, debería ser elegido por la norma de la mayoría en elecciones libres. A los movimientos de secesión de minorías se les acusa de violar la norma de la mayoría democrática. Pero la pregunta crucial y siempre sin respuesta es: ¿norma democrática sobre qué área geográfica?

Planteemos el problema de otra manera: la teoría minarquista o democrática dice que el Estado deberían tener un monopolio de la fuerza en su área territorial. Supongamos que es así por un momento. Pero entonces aparece la gran pregunta nunca planteada y nunca respondida: ¿cuál debería ser el área territorial? Por parafrasear una maniobra favorita de Ayn Rand, la respuesta casi universal es: ¡ni idea!

Los secesionistas nacionalistas están desafiando implícitamente esta permanente falta de idea como una respuesta seria a sus preocupaciones. Hasta ahora, ya sea bajo Lincoln o en mucho menor grado bajo Gorby, su pregunta esencial solo ha encontrado violencia y fuerza mayor: la mística indiscutida de que el poder hace el derecho y el estado-nación unitario coactivo. Pero la lógica interna de esa mística y la lógica básica de la teoría política minarquista es al tiempo sencilla y aterradora: gobierno ·democrático» mundial unitario.

El argumento minarquista contra los libertarios anarcocapitalistas es que debe haber una sola agencia pública superior con un monopolio de la fuerza para resolver disputas mediante coacción. De acuerdo, pero en ese caso y según la misma lógica, ¿no deberían los estados-nación ser reemplazados por un Estado monopolista mundial? ¿No debería un Estado mundial unitario reemplazar lo que se ha calificado con acierto como nuestra existente «anarquía internacional»?

Los libertarios minarquistas y los conservadores rehúsan la lógica interna del Estado mundial por razones obvias: porque temen correctamente que los impuestos mundiales y la socialización mundial supriman total e irreversiblemente la libertad y propiedades de los estadounidenses. Pero siguen atrapados en la lógica de su propia postura. Por otro lado, los progresistas de izquierdas, están encantados adoptando esta lógica precisamente debido a su resultado esperado. Sin embargo, incluso el establishment democrático vacila a la hora de adoptar el fin lógico definitivo de un solo Estado democrático mundial, al menos hasta que se les asegure que controlarán ese ente monstruoso.

Sin el Estado mundial de sus sueños, ¿cómo se ocupa nuestro establishment democrático global del problema crucial de dónde deberían estar las fronteras del Estado? Santificando las fronteras del Estado que existan en ese momento. Santificar las fronteras del status quo ha sido el axioma de toda administración de EEUU desde Woodrow Wilson y de la Liga de Naciones y su sucesora, la ONU, todo basado en el concepto incoherente y desastroso de «seguridad colectiva frente a la agresión». Fue ese concepto el subyacente en las intervenciones de EEUU en las dos guerras mundiales y en la Guerra de Corea: primero determinamos (a menudo incorrectamente) cuál es el «estado agresor» y luego se supone que todos los estados-nación se juntan para combatir, repeler y castigar esa agresión.

La analogía teórica de tal concierto contra la «agresión» se sostiene que sería combatir la acción criminal contra individuos. A roba o asesina a B; la policía local, defensores designados del derecho a la vida y la propiedad, saltan en defensa de B y actuar para prender y castigar a A. De la misma manera, se supone que las naciones «amigas de la paz» se unen contra naciones o estados «agresores». De ahí la por otro lado difícil de explicar insistencia de Harry Truman en que la guerra de EEUU contra Corea del Norte no era una guerra en absoluto, sino una «acción de policía».

El gran defecto de todo esto es que cuando A roba o asesina a B hay una acuerdo general en que A actúa mal y que realmente a agredido a la persona y los derechos justos de propiedad de B. Pero cuando el estado A ataca la frontera del estado B, a menudo afirmando que la frontera es injusta y resultado de una agresión previa del país A décadas antes, ¿cómo podemos decir a priori que el estado A sea el agresor y que debemos rechazar su defensa sin más dilaciones? ¿Quién dice, y bajo qué principio, que el estado B tenga el mismo derecho moral a todo su territorio existente como el individuo B lo tiene a su vida y propiedad? ¿Y cómo pueden igualarse las dos agresiones cuando nuestros demócratas globales rechazan llegar a ningún principio o criterio en absoluto, excepto a la reclamación insatisfactoria y absurda de un estado mundial o una confianza ciega en el status quo de fronteras en un momento dado?

Fronteras justas y autodeterminación

¿Cuál es entonces la respuesta? ¿Qué fronteras nacionales pueden considerarse como justas? En primer lugar, debe reconocerse que no hay fronteras nacionales justas por sí mismas, que la justicia real solo pueden basarse en los derechos de propiedad de los individuos. Si cincuenta personas decidieran voluntariamente crear una organización para servicios comunes o autodefensa de sus personas y propiedades en cierta área geográfica, entonces también serían justas las fronteras de esa asociación, basadas en los derechos justos de propiedad de sus miembros.

Las fronteras nacionales son solo justas en la medida en que se basen en el consentimiento voluntario y los derechos de propiedad de sus miembros o ciudadanos. Así que las fronteras nacionales justas son en el mejor de los casos derivadas y no primarias. ¡Cuánto más cierto es esto respecto de las fronteras estatales existentes que están basadas, en mayor o menor grado, en la expropiación coactiva de la propiedad privada o en una mezcla de esto con consentimientos voluntarios! En la práctica, la forma de tener esas fronteras nacionales tan justas como sean posibles es mantener y aceptar el derecho de secesión, el derecho de distintas regiones, grupos o nacionalidades étnicas a librarse del ente superior, a crear su propia nación independiente. Solo afirmando con firmeza el derecho de secesión puede el concepto de autodeterminación ser algo más que una farsa y una mentira.

¿Pero no fue un desastre el intento de Wilson de imponer la autodeterminación nacional y dibujar el mapa de Europa? ¡Y cómo! Pero el desastre era inevitable incluso suponiendo (incorrectamente) buena voluntad por parte de Wilson y los aliados e ignorando el hecho de que la autodeterminación nacional era una máscara para sus ambiciones imperiales. Pues, por su naturaleza, la autodeterminación nacional no puede imponerse desde fuera, por una entidad pública extranjera, ya sea Estados Unidos o una liga mundial.

Lo que pretende la autodeterminación nacional es eliminar del cuadro el poder coactivo de arriba a abajo y el uso de la fuerza para transformar a la gran entidad en entidades nacionales naturales y voluntarias más genuinas. En resumen, trasladar el poder de lo alto hacia abajo. Imponer la autodeterminación nacional desde fuera empeora las cosas y las hace más coactivas que nunca. Además, hacer que Estados Unidos y otros gobiernos se impliquen en todo conflicto étnico a través del planeta maximiza, en lugar de minimizar, la coacción, el conflicto, la guerra y el asesinato masivo. Arrastra a Estados Unidos, como dijo una vez el gran investigador aislacionista Charles A. Beard, a «una guerra perpetua por una paz perpetua».

Volviendo a la teoría política, como el estado-nación tiene un monopolio de la fuerza en su área territorial, lo que no debe hacer nunca es tratar de ejercer su fuerza más allá de esta área, donde no tiene monopolio, porque entonces una «anarquía internacional» (donde cada estado confina su poder a sus propios límites geográficos) relativamente pacífica es reemplazada por un caos hobbesiano internacional de guerra de todos (los gobiernos) contra todos. En resumen, dada la existencia de estados-nación, estos deberían

  1. No ejercer nunca su poder más allá de su área territorial (una política exterior de «aislacionismo»).
  2. Mantener el derecho de secesión de grupos o entidades dentro de su área territorial.

El derecho de secesión, si se sostiene sin temor, implica también el derecho de uno o más pueblos a independizarse incluso de su propia nación étnica y aún, como afirmaba Ludwig von Mises en su Nación, Estado y economía, el derecho de secesión de cada individuo.

Si un grave defecto de la empresa de Wilson fue su imposición de la autodeterminación nacional desde el exterior, otro fue su metedura de pata a la hora de redibujar el mapa europeo. Es difícil creer que se hubiera hecho un trabajo peor si los dirigentes de Versalles se hubieran tapado los ojos y puesto chinchetas arbitrariamente en un mapa de Europa para crear nuevas naciones.

En lugar de autodeterminación para cada nación, tres pueblos oficialmente calificados como Buenos (polacos, checos y serbios) fueron nombrados amos sobre otras nacionalidades que les habían odiado durante siglos, a menudo con mucha razón. Es decir, a estas tres nacionalidades favorecidas no solo se les daba independencia étnica nacional, sino que sus fronteras se aumentaban arbitrariamente hasta dominar a otros pueblos oficialmente calificados como Malos (o al menos como « a quién le importan»): los polacos gobernaban sobre alemanes, lituanos (en la ciudad lituana de  Vilnius/Vilna), bielorrusos y ucranianos; los checos gobernaban sobre eslovacos y ucranianos (llamados «cárpato-rutenos») y los serbios tiranizando a croatas, eslovenos, albaneses, húngaros y macedonios, en un aborto geográfico llamado «Yugoslavia» (ahora por fin en proceso de división).

Además, los rumanos se agrandaron a costa de húngaros y búlgaros. A estos tres países disparejos (o cuatro, si contamos a Rumanía) se les dio asimismo por parte de Estados Unidos y los aliados occidentales la tarea absurda e imposible de sujetar permanentemente a las dos grandes potencias «revisionistas» cercanas y perdedoras en Versalles: Alemania y Rusia. Esta tarea impuesta llevó directamente a la Segunda Guerra Mundial.

En resumen, la autodeterminación nacional debe mantenerse como un principio moral y un faro para todas las naciones y no ser algo a imponer por una coacción gubernamental externa.

Partición y referéndum

Una forma práctica de implantar la autodeterminación y el derecho de secesión es la idea de un referéndum de partición en el que cada pueblo o villa vota decidir si se mantiene dentro a la entidad nacional existente o independizarse o unirse a otra nación. Por ejemplo, la muy disputada área de Nagorno-Karabaj indudablemente votaría abrumadoramente abandonar a la odiada República de Azerbaiyán y unirse a Armenia. ¿Pero qué pasa con el hecho de que Nagorno-Karabaj no es contiguo a Armenia, de que hay una franja de territorio étnicamente azerí en medio? Pero indudablemente una buena voluntad en ambas partes (que por supuesto en este momento evidentemente no existe) podría permitir una zona libre o una entrada libre a través de esa zona. No solo una vía aérea, sino también un corredor por carretera resultaron viables durante décadas después de la explosiva crisis de Berlín.

Los referéndums de partición se usaron en algunos casos después de la Primera Guerra Mundial; el caso más famoso fue la separación de Irlanda del Norte del resto del país. Por desgracia, el referéndum deliberadamente prometido por los británicos para una segunda partición nunca fue llevado a cabo por el gobierno de este país. Como consecuencia, una gran parte del territorio católico en el norte se incorporó por la fuerza en el estado protestante y la existencia de esa minoría católica, que indudablemente votaría unirse al Sur, ha sido responsable de la trágica e interminable violencia y sangre vertida desde entonces. En resumen, una partición genuina basada en referéndums probablemente quitaría a Irlanda del Norte los territorios de los condados de Tyrone y Fermanagh (incluyendo la ciudad de Derry) y South Down. Esencialmente, Irlanda del Norte se vería muy reducida en territorio y solo quedaría un cinturón alrededor de Belfast y el condado de Antrim. La única minoría católica importante sería entonces la sección católica de Belfast.

Una crítica a la partición por referéndum es que pueblos y villas están a menudo mezclados, de forma que no podría haber una separación precisa de las nacionalidades. En la polémica región de Transilvania, por ejemplo, hay villas húngaras y rumanas entremezcladas en la misma región. Sin duda., nadie dijo que esos referéndums fueran una panacea. Pero se trata de que al menos el grado decisión voluntaria se agrande y se minimice la cantidad de conflicto social y étnico y no puede lograrse mucho más. (Por cierto, Transilvania es principalmente húngara, especialmente en su parte norte, y debería rectificarse el daño hecho a Hungría después de la Primera Guerra Mundial).

Hay una crítica a la postura del referéndum que es mucho más convincente y problemática. La reclamación azerí de Nagorno-Karabaj se basa en la tesis de que, aunque es verdad que los armenios son ahora la abrumadora mayoría, la región fue, siglos antes, un centro de cultura azerí. Esta reclamación de la historia puede rechazarse apropiadamente por ser una mano muerta del pasado gobernando a los vivos, tal vez con la cautela de que los antiguos santuarios azeríes fueran protegidos por azeríes.

Pero mucho más preocupante es, por ejemplo, la situación actual en Estonia y Letonia, donde los soviéticos trataron de ahogar y destruir deliberadamente la cultura nativa y el nacionalismo étnico enviando a trabajar en sus fábricas a un gran número de rusos después de la Segunda Guerra Mundial. El Letonia, la minoría rusa está solo ligeramente por debajo del 50%. Aquí creo que lo reciente de esta emigración y su naturaleza política inclina las escalas a favor de mantener el nacionalismo nativo. De hecho, los libertarios creen que todo el mundo tiene derecho a la autopropiedad y a poseer propiedades, pero no que exista un «derecho» natural de voto. Aquí tendría sentido no permitir a los rusos votar en Letonia y Estonia, tratarlos como visitantes o inmigrantes de duración indefinida, pero sin los privilegios de voto de la ciudadanía.

Hostiles: Los libertarios

Los libertarios, por lo general, se oponen tan ferozmente al nacionalismo étnico como los demócratas globales, pero por razones muy diferentes. Los libertarios son generalmente lo que podría llamarse individualistas vulgares y corrientes. Una crítica típica sería así:

No hay nación, solo hay individuos. La nación es un concepto colectivista y por tanto pernicioso. El concepto de «autodeterminación nacional» es falso, ya que solo los individuos son un «yo». Como la nación y el Estado son ambos conceptos colectivos, ambos son perniciosos y deben combatirse.

La queja lingüística puede rechazarse de inmediato. Por supuesto no hay un «yo» nacional, estamos usando la «autodeterminación» como una metáfora y nadie piensa realmente que una nación sea una entidad viviente real con su propio «yo».

Más en serio, no debemos caer en una trampa nihilista. Aunque solo existan los individuos, estos no existen como átomos aislados y herméticamente sellados. Los estatistas tradicionalmente acusan a los libertarios e individualistas de ser «individualistas atomistas» y la acusación, espero, siempre ha sido incorrecta y malintencionada. Los individuos pueden ser la única realidad, pero se influyen entre sí, en el pasado y el presente y todos los individuos crecen en una cultura e idioma común. (Esto no implica que no puedan, como adultos, rebelarse y desafiar y cambiar esa cultura por otra).

Aunque el Estado sea un concepto colectivista pernicioso y coactivo, la «nación» puede ser y generalmente es voluntaria. La nación se refiere en realidad, no al Estado, sino a toda la red completa de cultura, valores, tradiciones, religión e idioma en la que crecen los individuos de una sociedad. Es casi embarazosamente banal destacar esto, pero aparentemente muchos libertarios ignoran agresivamente lo evidente. No olvidemos nunca el análisis del gran libertario Randolph Bourne de la distinción esencial entre «la nación» (la tierra, la cultura, el terreno, la gente) y «el Estado» (el aparato coactivo de funcionarios y políticos) y su importante conclusión de que uno puede ser un verdadero patriota de su nación o país mientras (e incluso por esa misma razón) se opone al estado que lo gobierna.

Además, el libertario, especialmente el anarcocapitalista, afirma que no supone ninguna diferencia dónde estén las fronteras, ya que en un mundo perfecto todas las instituciones y zonas territoriales serían privadas y no habría fronteras nacionales. Está bien, pero, entretanto, en el mundo real, ¿en qué idioma deberían los tribunales públicos realizar sus vistas? ¿Cuál sería el idioma en las señales en las calles públicas? ¿O el idioma de las escuelas públicas? Así que en el mundo real, la autodeterminación nacional es un asunto vitalmente importante en el que los libertarios deberían tomar partido.

Finalmente, el nacionalismo tiene sus desventajas para la libertad, pero también tiene sus puntos fuertes y los libertarios deberían tratar de ayudarle a que se incline en esta última dirección. Su fuéramos residente de Yugoslavia, por ejemplo, deberíamos actuar a favor del derecho de secesión de Croacia y Eslovenia respecto de ese estado hinchado y descabellado (es decir, favorecer sus actuales movimientos nacionalistas), oponiéndonos al deseo del demagogo serbio Slobodan Milosevic de aferrarse a la dominación serbia sobre los albaneses en Kosovo o sobre los húngaros en la Voivodina (es decir, oponernos al nacionalismo de la Gran Serbia).

Es, en resumen, la liberación nacional (buena) frente al «imperialismo» nacional sobre otros pueblos (malo). Una vez superemos el individualismo simple, esta distinción no debería ser difícil de entender.

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Image Source: Getty
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