El candidato de la Corte Suprema de Donald Trump ayudó a defender el Obamacare

El candidato de la Corte Suprema de Donald Trump ayudó a defender el Obamacare

07/10/2018Tho Bishop

Donald Trump hizo su segunda nominación a la Corte Suprema: el juez Brett Kavanaugh de la Corte de Apelaciones de los Estados Unidos para el Distrito de Columbia.

En relación con los otros nombres que se discutieron, la selección de Kavanaugh podría verse como una victoria para la establishment.

Primero, defenderá el registro de jueces de la Corte con grados de Derecho de Harvard o Yale.

Segundo, tiene un currículum muy amigable con el “pantano”, que incluye una larga historia de trabajo legal para el Partido Republicano y una particular cercanía con la familia Bush. Después de haber trabajado en asuntos como la acusación de Clinton, el recuento de Florida del 2000 y los desafíos al Obamacare, el senador Dick Durbin lo describió como el "Forrest Gump de la política Republicana".

Curiosamente, una decisión que tomó con respecto a la Constitucionalidad de la Ley de Cuidado de Salud Asequible es lo que preocupa a muchos en la derecha. Aunque él disintió a la pregunta de si el proyecto de ley era constitucional bajo la Cláusula de Comercio, su opinión minoritaria dejó en claro que su objeción era a la jurisdicción del tribunal y no a la ley misma. Consideraba el mandato individual como un impuesto, lógica utilizada por el presidente de la Corte Suprema John Roberts para defender la ley.

Como Christopher Jacobs escribió para The Federalist:

Desde el punto de vista de Kavanaugh, el mandato podría encajar "cómodamente" dentro de los “poderes constitucionales” del Congreso, incluso si no toma una posición aquí sobre si el estatuto como está escrito actualmente es justificable, Kavanaugh concluye que 'la única deficiencia potencial de la Cláusula de Impuesto en la disposición del mandato individual actual parece ser relativamente leve’.

La atención ahora se dirigirá a los puntos de vista de Kavanaugh sobre Roe vs. Wade y si su nombramiento desafiará esa decisión. En Fox News, esta mañana, el juez Andrew Napolitano pensó que el historial explícitamente pro-vida de Kavanaugh como juez dificultaría el proceso de nominación, posiblemente empujando a Trump a nominar a alguien diferente. Ahora veremos cómo reaccionan los Republicanos moderados, como la senadora Susanne Collins, a la decisión.

Por supuesto, el hecho de que el nombramiento de un solo juez de la Corte Suprema justifique protestas en todo el país ahora estallando es simplemente un recordatorio de las fallas inherentes de un sistema que da tanto poder a nueve personas con túnicas negras.

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Argentina vende tonterías para ser rescatada

¡Sorpresa, sorpresa! Con el peso que sigue cayendo como una piedra frente al dólar de EEUU, Argentina ha apelado al FMI para un crédito de emergencia. Al solicitar el rescate, el presidente Macri citó la repentina aparición de factores globales más allá de su control para explicar el desplome del peso.

Durante los dos primeros años [de su administración] hemos contado con un contexto global muy favorable, pero eso hoy está cambiando, las condiciones mundiales están cada día más complejas, y por varios factores: está subiendo el tipo de interés, está subiendo el petróleo, se están devaluando las monedas de países emergentes, entre otras variables que nosotros no manejamos.

Pero esto es un montón de tonterías. Como señalaba en mi post de ayer, la caída del peso se debe a una cosa y solo a una: la enormemente alta tasa de crecimiento de la oferta monetaria desde que Macri asumió el cargo en diciembre de 2015. La tasa de crecimiento monetario excedió el 45% interanual durante los tres primeros trimestres de 2017 y nunca ha caído por debajo del 25% durante el mandato de Macri. El lugar de solicitar ayuda, lo que garantizará más crisis de divisa en el futuro, el presidente Macri tiene que pedir que cese la intervención del banco central en los mercados de moneda extranjera y permitir que el peso se deprecie y muestre el grado real de la inflación monetaria pasada. Si implanta luego un programa creíble (y en este momento, solo un programa de sacudida se considerará creíble) para acabar con la política monetaria inflacionista, la crisis de la divisa se curará por sí misma.

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¿Fue Mises un neoliberal?

04/23/2018Jeff Deist

¿Tiene el neoliberalismo, la consigna cansina de nuestro tiempo, una definición precisa?

La respuesta corta es que no, no la tiene. Al menos no una inmediata a mano, si este artículo de New Republic sirve como guía:

Para la izquierda, neoliberalismo tiene a menudo connotaciones de una forma de política liberal que ha adoptado soluciones basadas en el mercado para los problemas sociales: los intercambios de la Ley de Atención Asequible, por ejemplo, en lugar de un programa universal de un solo pagador como Medicare. [Jonathan] Chait argumenta que los izquierdistas usan la palabra para “agrupar al centro izquierda junto a la derecha” y así hacer del socialismo la única alternativa real. Pero la palabra también tiene sus detractores en la izquierda: El economista político Bill Dunn la considera demasiado estrecha de miras, raramente adoptada por la gente que se dice que describe. El historiador Daniel Rodgers, por su parte, argumenta que neoliberal significa demasiadas cosas diferentes y por tanto no basta.

¿Pero es neoliberal un insulto, como afirman algunos, usado para atacar a demócratas que se encuentran muy cómodos con Wall Street y las grandes empresas? ¿Describe a los liberales de izquierdas que han renunciado a luchar por un socialismo democrático completo y han vendido sus principios para disfrutar de los frutos del capitalismo injusto?

El antropólogo y geógrafo inglés David Harvey insinúa eso, aunque sí asigna elementos razonablemente cohesivos al término:

Una economía basada en la producción just-in-time, la internacionalización del capital, la desregulación de la industria, la falta de seguridad del trabajo y el ego empresarial. En los años posteriores, estas tendencias no han hecho más que acelerarse debido a mejoras en las tecnologías informáticas y a su difusión. Pero pocos llaman ya a esto “post-fordismo”. Sobre todo, lo llaman “neoliberalismo”.

Harvey se refiere a Henry Ford, no a Gerald Ford, en su identificación del neoliberalismo como la evolución política de las sociedades occidentales de estados-nación democráticos a subdivisiones de producción y consumo en masa sin fronteras. Y este materialismo está en el núcleo de por qué los progresistas de izquierdas ven el neoliberalismo como un término peyorativo y tal vez no sorprendentemente califican a la propia New Republic como una publicación neoliberal (a pesar de las protestas de Chait y otros). Para los progresistas, los Clinton, el Comité Nacional Demócrata y las publicaciones de los medios tradicionales progresistas de la vieja guardia son únicamente portavoces de las grandes empresas con inclinaciones de centroderecha.

Como pasa con la mayoría de los términos políticos (y politizados), las definiciones varían enormemente dependiendo de quién use el término. Murray Rothbard y Elizabeth Warren difícilmente quieren decir lo mismo cuando dicen “capitalismo” y todos sufrimos la tendencia a dar a las palabras significados que se ajustan a nuestros propósitos. Curiosamente, el uso del término “neoconservador” ha sido atacado igualmente como insulto, pensado como código para un inapropiado sionismo o un exceso de entusiasmo en emplear las fuerzas militares. Sin embargo, amablemente, el padrino de los neoconservadores, el propio Irving Kristol, nos proporciona los parámetros generales y la expresión ha perdido mucha de su mordiente en la época posterior a Bush/Cheny/Rumsfeld.

En el ambiente actual, podemos ofrecer una definición menos incendiaria, pero todavía vaga, del neoliberalismo que la de Harvey: el programa básico del liberalismo del fin del siglo XX (democracia social, educación pública, derechos civiles, derechos sociales, bienestar, feminismo y algún grado de gobierno global), unido a al menos una reticencia, si no un respeto abierto por el papel de los mercados en la mejora de la vida humana. En otras palabras, los neoliberales son liberales de izquierdas que aceptan el papel de los mercados y la necesidad de desarrollo económico como parte del gran programa progresista. Pensad en Bono, que se considera un “ciudadano del mundo” progresista, pero admira los mercados y el globalismo.

Teniendo en cuenta esta definición, el artículo de New Republic va por muy mal camino cuando afirma que el neoliberalismo “apareció a partir de las ruinas del Imperio Austro-Húngaro a principios del siglo XX”. Para empezar, es difícil considerar cualquier marco centenario como neo lo que sea. Y es difícil trazar una relación con sentido entre la primera y la segunda generación de economistas austriacos que escriben antes de la Segunda Guerra Mundial, antes de un verdadero comercio global y antes de la ascensión triunfal de los bancos centrales, con el programa político neoliberal actual de democracia social y globalismo político. Menger, Mises y Hayek, con su profunda consideración por la especialización, la ventaja comparativa y el comercio global, todos ellos escribían dentro de un marco básico de estados-nación.

Como suele pasar, los críticos de los mercados y la propiedad privada confunden medios con fines y suponen que una falta de preocupación por consideraciones “humanas” está ligada necesariamente a una rigurosa preocupación por las consideraciones materiales. Así, el autor Patrick Iber va por un camino resbaladizo escogiendo deliberadamente partes del pensamiento de Mises y Hayek, cuyo efecto es erróneo, si no malintencionado. Esto no es precisamente nuevo: Iber se limita a repetir los argumentos progresistas habituales: favorecen al capital por encima del trabajo. Apoyan la democracia solo como un medio para reducir los levantamientos violentos del pueblo. Apoyan al gobierno, pero solo al servicio de la riqueza y la propiedad. Y así sucesivamente. Aun así, para los patrones de New Republic trata algo justamente a ambos hombres, mucho mejor, por ejemplo, de lo que lo harían y han hecho el The New York Times o el Washington Post. Solo hay un ataque injusto fuera de contexto dirigido a Mises (“le agradó que un levantamiento antifascista fuera reprimido violentamente en 1927”); el artículo al menos reconoce las preocupaciones morales de Hayek sobre el apartheid en Sudáfrica y la dictadura de Pinochet en Chile.

Pero el autor se equivoca torpemente al asegurar al lector que Mises (el demócrata) prefería el capital al trabajo sirviendo a la burguesía y que Hayek pensaba que los mercados tenían prioridad sobre “los derechos humanos y la justicia social”. Esto es especialmente interesante, dada la perspectiva propia de Hayek acerca de este último concepto y la forma típicamente vaga en la que el autor emplea ambos.

Para nuestros propósitos, podemos distinguir claramente entre liberalismo “real”, o liberalismo clásico a falta de una expresión histórica mejor, y neoliberalismo. El liberalismo en la concepción de Mises se preocupa esencialmente por la propiedad privada. Desde este punto de vista, los medios de producción (el capital) está en manos privadas. No son propiedad del estado, de la sociedad, del “pueblo” ni colectivamente. Punto. Ninguna cantidad de semi-capitalismo regulado ni semi-socialismo pueden eludir este fundamento, porque tanto la libertad individual como la económica dependen del uso y control libre de la propiedad privada. El control sobre la propiedad, en el sentido de la capacidad de usar, alterar, enajenar, cargar o vender esta, es la esencia de la verdadera propiedad, aunque siempre esté sometida a la responsabilidad culpable por daños causados a otros. Cualquier volumen de impuestos, regulación o abierta confiscación erosiona necesariamente ese control, algo que reconocía Mises incluso dentro de este marco de democracia utilitarista como protector de los derechos de propiedad.

La insistencia en los derechos de propiedad como núcleo de cualquier programa liberal difícilmente se encuentra en el neoliberalismo actual, aunque repito que sigue en el núcleo de la antipatía progresista de izquierdas hacia el término. Sospechas de cualquier introducción o reintroducción de los mercados y la propiedad en lo que tendría que ser una visión general una planificación económica desde el estado.

Deberíamos señalar que Mises también adjuntaba a su programa de liberalismo dos importantes corolarios que eran “neo” en ese momento, concretamente en el periodo de entreguerras: libertad y paz. Contrariamente a lo que consideraba la “antigua” perspectiva del siglo XIX, un liberalismo “contemporáneo” había “superado” la versión antigua mediante “mejores y más profundas ideas de las interrelaciones”. Un liberalismo con sentido requería libertad política para el individuo, especialmente la libertad frente a la servidumbre involuntaria. Y la paz era la base para toda actividad económica real, ligada inevitablemente a la civilización. ¡Indudablemente, los lectores de New Republic se beneficiarían si entendieran lo progresista que era realmente cuando apareció por primera vez Liberalismo en 1927!

Una buena argumentación, al contrario que la política y la guerra abierta, requiere palabras y definiciones precisas. Por eso, por desgracia, casi toda conversación política evoluciona hacia lo que Orwell describía como “palabras sin sentido”. Las palabras sin sentido tratan de impugnar o atacar al “otro” en lugar de trasladar información específica o crear comprensión y consenso. La política no es una ciencia, pero a todos nos beneficiaría insistir en el rigor de las definiciones de los expertos políticos, igual que pasó en su momento con los científicos sociales. Significados imprecisos y semánticas cambiantes generan más calor que luz y nos dejan hablando a uno detrás de otro.

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Trump nombra otro candidato a la Reserva Federal aprobado por Obama

04/17/2018Tho Bishop

En ningún campo ha diferido más el presidente Trump de su retórica de campaña que en el de la política monetaria. Ayer Trump anunció los nombramientos de Richard Clarida y Michelle Bowman al Consejo de Gobernadores de la Reserva Federal, ocupando el primero el papel de vicepresidente. La nominación de Clarida en particular ejemplifica lo poco inspirados que han sido los nombramientos de Trump, ya que fue uno de los finalistas para la presidencia de la Fed bajo Obama hasta que pidió que no se considerara su nombre. Es curioso, ya que eso hizo que Jay Powell, el nuevo presidente de la Fed de Trump, ocupara su puesto.

Richard Clarida, antiguo cargo del Tesoro de Bush, trabaja actualmente como profesor en la Universidad de Columbia y asesor de Pacific Investment Management Co.  Es un neokeynesiano que ha publicado mucho sobre “política monetaria óptima”. (Guido Zimmerman tiene un interesante artículo en QJAE sobre el tema con referencias a algunos trabajos de Clarida).

En relación con sus opiniones sobre políticas, ofrece un interesante contraste con su compañero Marvin Goodfriend, cuya nominación se ha paralizado el Senado. A favor de Clarida, rechaza el apoyo de Goodfriend a los tipos negativos de interés, llegando a cuestionar su legalidad por parte de la Fed. En su papel de asesor en Pimco, su análisis ha cuestionado la eficacia del activismo monetario contemporáneo. Como coescribió en un análisis de junio del 2016:

En años recientes hemos descrito “cabalgar una ola” de intervenciones del banco central mientras se han ido desarrollando en distintos países diversas políticas no convencionales, generando retornos en los precios de los activos. Esta cabalgada ha funcionado bien en el pasado. Sin embargo, mirando por encima del horizonte, los retornos decrecientes en las intervenciones del banco central (y el potencial de activismo político para hacer más mal que bien, notablemente en el caso de la política de tipos negativos) se aconseja ir en contra de esa postura.

Por supuesto, también disiente en un área en la que Goodfriend piensa bien: el uso del balance de la Fed. Goodfriend ha advertido que la compra de activos que no son del Tesoro por parte de la Fed, como los títulos con respaldo hipotecario, la ponen en el negocio del asignación del capital. Por el contrario, Clarida piensa que la Fed fue demasiado moderada en la compra de activos tras la crisis financiera.

Como señala Matthew C. Klein, de Barron’s:

Clarida pensaba que la Fed podría haber respondido eficazmente a las recesiones comprometiéndose a comprar tantos bonos (incluyendo bonos hipotecarios y bonos corporativos) como fuera necesario para “limitar” los tipos de interés a los niveles que hubiera querido:

“Mucha de la literatura existente o se equivoca completamente o infravalora lo robusto que puede ser un programa de compra de activos a gran escala para rebajar los rendimientos de los bonos y/o los diferenciales de crédito (…) un banco central puede siempre y en todo lugar poner un mínimo a cualquier precio de un activo nominal (o serie de precios de activos nominales) durante tanto tiempo como quiera (…) Mientras el banco central esté dispuesto a comprar un volumen ilimitado de esos bonos (incluyendo potencialmente todos los valores existentes) al tipo de interés al que quiera poner un máximo, tendrá éxito. Y por supuesto, el razonamiento anterior también se aplica directamente a un programa de compra de activos a gran escala dirigido hacia los bonos corporativos o valores con respaldo hipotecario”.

La Fed tuvo éxito en poner un máximo en los costes de los préstamos al gobierno de Estados Unidos en la década de 1940 y esta experiencia fue citada por el personal de la Fed a mediados de 2003. Aunque la idea no consiguió atraer a los legisladores estadounidenses, el Banco de Japón ha usado con éxito el “control de la curva de rendimientos” para limitar los rendimientos de los bonos públicos japoneses desde 2016. La postura de Clarida en 2010 sugiere que le gustaría algo similar, tal vez incluyendo también bonos hipotecarios y bonos corporativos, si estuviera en la Fed en la próxima recesión.

En lo que se refiere a la reforma de la Fed, probablemente Clarida sea un aliado para los republicanos de la Cámara que han presionado para que la Fed adopte un marco de política monetaria basada en reglas. Clarida lleva mucho tiempo escribiendo acerca de las ventajas de un marco basado en normas e incluso tiene su propia versión “mirando al futuro” de la regla de Taylor.

Como miembro con voto de la Fed, Michelle Bowman también tendrá importancia sobre el futuro de la política monetaria, pero, hasta donde yo sé, no ha hecho ningún comentario público sobre el tema. En lugar de ser una economista, es una jurista que tuvo una larga carrera de Washington. Trabajó con el senador Bob Dole, el Comité de Transporte de la Cámara, el Comité de Supervisión de la Cámara, la FEMA y el secretario de seguridad nacional, Tom Ridge. No es el mejor currículo para secar el pantano.

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¡Devolved los tipos de interés!

04/17/2018Jeff Deist

Dejad que aumenten los tipos de interés. Mejor aún, dejad que funcionen los tipos de interés en el mercado, completamente independientes de los intentos del banco central de establecer o dar objetivos de tipos.

¿Cómo? No a través de un proceso ridículamente pequeño y lento de reducción de la Fed, sino a través de una venta completa y agresiva que los activos que siguen contaminando el balance de la Fed desde que esta empezó a comprar agresivamente esos activos a los bancos comerciales en 2008.

Esta fue la crítica de los tres intervinientes en nuestro evento de Nashville este último fin de semana: los tipos de interés tienen que aumentar para que pueda producirse alguna verdadera recuperación económica. La manipulación de los tipos de interés por la Fed y otros bancos centrales causa distorsiones incalculables en toda la economía. Hasta que no estemos dispuestos a ocuparnos de este problema, ningún cambio fiscal ni de política monetaria tendrá mucho sentido ni tendrá mucho efecto saludable. El dinero y el crédito continuarán dirigiéndose hacia usos por debajo del óptimo, los inversores se verán obligados a continuar buscando rendimientos en el casino de los mercados bursátiles y el Congreso (además de otros parlamentos occidentales) continuará produciendo déficits anuales de billones de dólares sin preocuparse mucho por el pago de la deuda.

Tal vez lo peor de todo es que el mundo continuará creyéndose un cuento: que la Fed realmente recapitalizó los bancos comerciales de EEUU en la crisis de 2008 y a través de rondas sucesivas de QE sin dolor ni consecuencias. ¿Tenemos que creer realmente que la base monetaria que sostiene a la divisa de reserva del mundo puede cuadruplicarse en menos una década sin causar ningún daño perdurable? ¿Que el exceso de gasto bruto del Congreso puede desaparecer sencillamente haciendo que la Fed proporcione un mercado para deuda del Tesoro con tipos minúsculos de interés? ¿O que los tipos de interés no deberían tener ninguna relación con los hábitos de ahorro de la sociedad?

Todo esto desafía la credulidad, que es por lo que precisamente la política monetaria confía tanto en la jerga tecnócrata y los procesos opacos: quieren confundirnos o aburrirnos para que no prestemos atención. Y así se tira para adelante, políticamente y a nivel político. Así es como nos hemos convertido en una sociedad con una alta preferencia temporal casi sin darnos cuenta.

Podéis escuchar aquí estas interesantes presentaciones del Dr. Robert Murphy, Carlos Lara y yo mismo (pronto habrá vídeos en el mismo enlace).

Estos extractos de mi discurso tratan de recordar al oyente que nada de esto es normal, de hecho es todo lo contrario. No hace mucho las sociedades prósperas se basaban en la noción de acumulación de capital, de producir más de lo que consumían, beneficiando a la siguiente generación con este proceso.

**********************************

Este es el cambio fundamental y básico que tiene que ocurrir. Necesitamos tipos de interés positivos, reales, tipos con sentido por encima de las tasas de inflación. Tenemos que recompensar el ahorro si pretendemos tener una economía creciente o sostenible.

No es una exageración decir que los tipos de interés dirigen la civilización.

Son las señales más importantes de una economía. Todo deriva de ellos, porque el coste de tomar prestado afecta al coste de casi todo.

Este es el punto de partida fundamental e inevitable para construir no solo una economía real, sino una cultura real. Toda sociedad rica acumula capital, toda sociedad rica produce y ahorra más de lo que consume y toma prestado. El deseo humano de dejar algo a generaciones futuras explica por qué todos nosotros hoy estamos rodeados de esplendor, en este restaurante, disfrutando de condiciones que nuestros abuelos no podrían siquiera haber imaginado.

Para hacer esto se necesitan verdaderos tipos de interés reales, precios del mercado para el dinero. Ahorradores y tomadores de préstamos, oferta y demanda, tienen que encontrarse. Tenemos para esto un mecanismo, que se llama mercado. Sin precios de mercado hay socialismo, lo contrario de los mercados.

¿Por qué entonces no protestan contra la planificación centralizada monetaria los economistas que en lo demás defienden el mercado libre?

El tipo de interés más importante es el tipo de los fondos federales, el tipo al que los bancos comerciales se prestan entre sí durante una noche si tienen que cumplir requisitos de reserva para sus préstamos. La Fed controla este tipo o le marca un “objetivo”, manipulando la cantidad de reservas que tienen los bancos en sus cuentas en la Fed. Los bancos con altas reservas no necesitan tomar prestado mucho de otros, así que el tipo de los fondos de la Fed permanece bajo y desde 2008 los bancos comerciales han recibido intereses sobre las reservas extraordinarias depositadas en la Fed, lo que anima a mantener balances altos y mantiene bajos los tipos.

Todos los tipos de interés comercial (por ejemplo, el interés que pagáis por vuestra hipoteca) deriva del tipo de los fondos de la Fed a partir de una base de coste más beneficio.

Pero cuando la Reserva Federal en la práctica mantiene los tipos de interés por debajo de los que habría habido naturalmente, crea una terrible desconexión entre prestamistas y prestatarios. Y esta desconexión causa increíbles distorsiones en toda la economía. Como dice David Stockman, debido a los bancos centrales, no hay en ningún lugar precios honrados para los bienes: sencillamente no sabemos, por ejemplo, cuánto debería costar un barril de petróleo, una fanega de trigo o un Honda Accord. La Fed ha distorsionado el precio más importante de toda la economía: el tipo de los fondos federales.

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¿Qué hace peligrosa la IA? El Estado

04/09/2018Per Bylund

Así que vi “Do you trust this computer?”, una película que “explora las promesas y peligros” de la inteligencia artificial. Aunque señala tanto lo bueno como lo malo, se centra evidentemente en cómo la IA podría producir “el fin del mundo como lo conocemos” (EFDMCLC). Es decir, si queda sin regular.

Sin embargo, es extraño que los ejemplos de IA de EFDMCLC fueran “armas autónomas” y “noticias falsas” esto último debido a cómo puede proporcionar una vía para que un dictador apoyado por una minoría se haga con el poder. Aunque entiendo (y temo) ambas cosas, los ejemplos tienen algo en común, pero no es la IA.

Ese algo es el Estado. Sólo los ejércitos del Estado y los grupos que tratan de alcanzar el poder en un Estado tienen interés en “robots asesinos”. También son desarrollados por y para esos grupos. El problema de las noticias falsas y la “influencia indebida” también se relaciona con el poder sobre el Estado. Ni las armas ni las noticias falsas requieren IA. Aun así, en un extraño giro, los productores de la película hacen de ellas un problema de IA. Peor aún: acaban la película indicando que el principal problema es que la IA “no está regulada”.

Pero esto es completamente ilógico: ¿cómo puede ser al mismo tiempo el Estado el problema y la solución?

Por el contrario, se nos pretende hacer creer que es problemático que Google registre nuestras búsquedas en la web y Facebook conozca nuestros amigos y creencias (“¿debido a las armas autónomas?”). Aunque estoy de acuerdo en que está feo, ninguna de ambas empresas está reclamando decidir sobre la vida y la muerte. De hecho, funcionan bajo la regulación más dura, que es el mercado. Porque están realizando inversiones para ganar dinero y solo se puede ganar dinero de una de dos maneras: ofreciendo algo que la gente quiere y está dispuesta a pagar (los medios “económicos” de Oppenheimer) o sencillamente quitándoselo a la gente contra su voluntad (medios “políticos”). Las empresas actúan de acuerdo con lo primero, lo que significa que están sometidas a la merced de los consumidores. El Estado funciona de acuerdo con lo segundo.

No, no estoy diciendo que la capacidad de jugar con las emociones de la gente, engañarla mediante información “falsa”, etc. no sea problemática. Estoy diciendo que la película olvida completamente el elefante en la habitación y además sugiere que este es la solución.

La lógica está basada en una ilusión, si no en una ideología: un rechazar ver lo que está evidentemente allí. La solución sencillamente no es una solución: si el estado “regulara” cómo usan Google y FB la IA para escudriñar los datos y dar a la gente lo que quiere ver, ¿qué hace que alguien piense que esto también se aplicaría al Departamento de Defensa o la NSA y sus datos, que no se recogen voluntariamente de los consumidores, sino en secreto? Y esto último es mucho más probable que pase con las armas autónomas. La película incluso dice que es así, pero parece pasar por encima de ese problema.

Para ilustrar la diferencia entre los medios políticos económicas de Oppenheimer, consideremos dos crisis recientes de confianza. La debacle de Cambridge Analytical hizo que Facebook cambiara inmediatamente su negocio al perder sus propietarios miles de millones cuando se desplomó el valor de la empresa. Ese valor se basa en la voluntad de la gente de usar el sitio web y sus aplicaciones para continuar compartiendo contenido. El hashtag #DeleteFacebook dañaba a los propietarios. Comparemos esto con lo que reveló Snowden: que el Estado espía a todos. Los datos se recogen en parte en empresas que al mismo tiempo se ven obligadas a cumplir con esas solicitudes y están obligadas formalmente a no decir nada acerca de ello. Sí, la filtración desató muchas emociones, pero ¿qué pasó con la vigilancia del “estado profundo”? Probablemente nada. Salvo tal vez algunas nuevas rutinas y probablemente más dinero para controlar filtraciones.

¿Cuáles son más problemáticos, los medios “económicos” que están sometidos a la confianza (en realidad, al capricho) de los consumidores o los medios “políticos” no sometidos al conocimiento ni la supervisión e irresponsables en absoluto porque es un secreto y porque pagamos por ello lo queramos o no?

Añadamos a esto cómo a estos últimos les interesa y tienen como objetivo tanto las armas autónomas como mantener/reclamar el poder del Estado. Es bastante evidente que la primera no es una solución utópica perfecta, pero es una que claramente tiene un mecanismo interno de control, porque se basa en el valor, mientras que la otra no, incluso se basa en realizarse en un completo secreto y a nuestra costa (involuntariamente). Sin embargo, esta última por alguna razón se trata en la película como la (¿“única”?) solución. Eso tal vez funcione bien sobre el sesgo de confirmación de la gente, porque hemos aprendido en la escuela y queremos creer que el estado “somos nosotros”. Vale, pero no somos nosotros espiándonos y fabricando armas autónomas. De hecho, sería difícil creer una decisión política de “dejar de desarrollar” esas armas. ¿Quién cree realmente que no continuarían haciéndolo a pesar de decir exactamente lo contrario?

De hecho, no hay ningún inconveniente si sencillamente se miente y finge. Mientras que, si es grave, las empresas pueden desaparecer de la noche a la mañana si la gente deja de confiar en ellas: su valor se habría esfumado. Así que la lógica de la película sencillamente no funciona, no tiene sentido. No puedo dejar de pensar que fabricar máquinas que piensen a “nuestro nivel” no puede ser tan difícil, si este es el estado de la inteligencia humana, nuestra capacidad de llegar lógicamente a conclusiones a partir de los datos disponibles. Y no puede ser difícil para las máquinas reconocer patrones reales y llegar a las conclusiones correspondientes.

Pero tal vez no debería sorprenderme que los productores de la película no entiendan la economía a un nivel esencial: señalan la automatización como un enorme problema, porque nos crea más valor con un coste menor. Perderíamos empleos. Oh, no. Pensar en esto esta mañana de lunes.

Aquí está el enlace para quien esté interesado. Parece que era gratis hasta ayer. Hoy cuesta 3,99$ visionarlo.

Tomado de @PerBylund en Twitter.

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La acción de Trump en las tierras públicas en Utah no es una privatización

12/04/2017Ryan McMaken

Como hemos señalado muchas veces en mises.org, la cantidad de tierra propiedad del gobierno federal en los estados occidentales es enorme. Hoy controlan 640 millones de acres (sin contar las áreas mucho mayores de propiedad federal de la plataforma costera). Y en la mayoría de los estados occidentales el gobierno federal posee más de un tercio de todos los terrenos. En el caso de Utah, el gobierno posee el 65%.

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Y es probable que el gobierno federal continúe poseyendo al menos el 65% de las tierras de Utah, a pesar de una reciente decisión de la administración Trump de recortar dos monumentos nacionales creados por la administración Obama en sus meses finales.

En un artículo titulado “Ruled by DC: Get the Feds Out of Western Lands”, me ocupaba de los dos nuevos monumentos:

En los últimos días de su administración, el presidente Obama ha decidido que, con un golpe de pluma, aumentará el control federal directo consolidado sobre los terrenos dentro de los estados occidentales. En concreto, Obama creó el Bear Ears National Monument y el Gold Butte National Monument en Utah y Nevada, respectivamente. La administración Obama afirma que el decreto unilateral de Obama era necesario porque el Congreso no había aprobado ninguna legislación sobre la materia.

De hecho, el secretario del interior nombrado por Obama declaró que “proteger la zona usando legislación habría sido preferible”, pero que, en ausencia de legislación, sencillamente era necesario declarar que las tierras eran monumentos nacionales.

Ahora, la administración Trump ha anunciado que hará algo distinto:

El presidente Donald Trump dijo el lunes que recortará dos monumentos nacionales en Utah que contienen maravillosas vistas de piedras de arena roja, reliquias históricas y recursos energéticos, argumentando que su predecesor se excedió al proteger el terreno (…)

“Algunas personas piensan que los recursos naturales de Utah deberían estar controlados por un pequeño puñado de burócratas muy lejanos ubicados en Washington”, dijo Trump. “Se equivocan. Las familias y comunidades de Utah conocen y aman más estas tierras y tú eres quien sabe mejor cómo cuidar de tu tierra”.

Si se echa un vistazo a los reportajes en los medios de comunicación sobre este asunto, podría tenerse la impresión de que la tierra está dejando de ser terreno federal, algo que no está pasando.

No hay ninguna indicación de que los terrenos se vayan a “privatizar” de ninguna manera. Por el contrario, parece que buena parte de los terrenos sencillamente volverán a su antiguo estatus, que era el de territorio federal administrado por la Oficina de Gestión de los Terrenos o el Servicio Forestal.

De hecho, este artículo de Jason Chaffetz lo confirma:

En el caso del Bear Ears National Monument todo ese terreno ya era federal, gestionado en su mayor parte para conservación. Con la designación como monumento del presidente Obama el mantenimiento recaía sobre el ya ahogado Servicio de Parques Nacionales. Muchos de estos terrenos estuvieron en un tiempo gestionados con éxito por otras agencias (como la Oficina de Gestión de los Terrenos o el Servicio Forestal) y podrían serlo de nuevo.

A pesar del hecho de que estos terrenos “públicos” (es decir, propiedad del gobierno) parece que continuarán siendo terrenos públicos, un observador afirmaba que esta acción es: “el mayor ataque contra los parques y terrenos públicos de la historia nuestra nación”.

Puede que los políticos locales quieran privatizar el terreno. Para que eso ocurra, tendrían que pasar antes dos cosas:

  1. El terreno tendría que entregarse al gobierno estatal o local.
  2. El gobierno estatal o local tendría que privatizar luego los terrenos, a menudo con las objeciones de los votantes locales.
  3. O el gobierno federal podría vender directamente el terreno (la orden de Trump no hace esto).

Pero supongamos que se produce realmente la primera condición y millones de acres de terrenos federales se entregan al gobierno de Utah. Bueno, eso evidentemente no es privatización.

Pero incluso si el estado de Utah controlara los terrenos, todavía tendría que ocuparse de la predecible oposición de los residentes locales. Esto incluiría deportistas y comerciantes locales, personas que no son en realidad izquierdistas amantes de los árboles.

El propio Chaffetz sufrió esto cuando impulsó una legislación que desfederalizaba 3 millones de acres (de 640 millones de acres) de terrenos federales. No le fue muy bien con los cazadores, por decirlo suavemente. Pero la gente del lugar también sabe que los terrenos salvajes pueden ser una fuente de dinero para el sector turístico local.

En otras palabras, la desfederalización de terrenos está lejos de la privatización de terrenos.

Pero para cualquiera que esté fuera de Utah, esto no debería ser asunto suyo. Si los terrenos federales se convierten en terrenos de Utah (como debería pasar con todos los terrenos federales dentro de las fronteras de cualquier estado de EEUU), entonces se convierten en un asunto local de la gente de Utah.

Y en el oeste, la mayoría de los votantes aman sus terrenos públicos.

Una advertencia: hemos oído mucho acerca de cómo varios grupos de tribus indias han apoyado la designación de los dos monumentos porque son un importante “paisaje cultural”.

Pero pasa esto: o estos terrenos son terrenos indios o no lo son. Si son terrenos indios, entonces lo que hay que hacer es hacerlos terrenos tribales y no terrenos federales (Los terrenos tribales son importantes y debería haber más).

Pero si no son realmente terrenos tribales, su administración tienen que ser estatal o local o privada. Después de todo, la propiedad de grandes zonas de terreno es solo otro “poder” que el gobierno de EEUU se inventó para sí mismo.

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